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jueves, 13 de septiembre de 2012

SEGUIMOS APRENDIENDO…




        Al dedicarnos al descubrimiento profundo de nuestra personalidad y tomar conciencia de nuestra propia realidad, en la búsqueda del propio enriquecimiento personal, seguramente encontraremos ciertos miedos que, además de injustificados, nos paralizan.

            Con esta historia, invito a pensar sobre la vida de tantas personas que tienen miedo a crecer, a aprender a ser libres. Ojalá que, si en ella, encontramos algo que nos toca de cerca, nos haga ver una luz nueva para avanzar en la andadura de la vida, más decididamente, sin temores.



PASO  AL  FRENTE  

                   SIN  TEMORES


Braulio Patricio había nacido en una familia bien, como “entre algodones” que se dice. Su padre, que había heredado de su padre y, a la vez, éste de su abuelo, una inmensa fortuna, que incluía un patrimonio de millones, invertidos en fincas y acciones de diversas empresas..., había sido siempre un hombre escrupulosamente ordenado y muy exigente consigo mismo y con los demás. Pero eso sí, muy enamorado de su familia, hasta excesivamente celoso de todo lo correspondiente a los Castillo de San Martín.


Su padre, don Patricio, con muchas influencias, siempre le ayudó a todo y en todo:

En los estudios, siempre tuvo profesores de apoyo; lo mismo, en los exámenes, siempre envió buenos regalos a los catedráticos, etc. , etc.

A la hora de conseguir un trabajo, las puertas siempre las encontró abiertas antes de llamar...

De este modo, Braulio nunca tuvo problemas graves que resolver,  tampoco la posibilidad de equivocarse al tomar una decisión..., ni (paralelamente) las  oportunidades de demostrar su valía...

Lo que estuvo haciendo, toda su vida, fue obedecer:

-        Braulio, tienes que ir a tal sitio... y Braulio iba.
-        Braulio, tienes que estudiar esta carrera..., la misma que tu padre... Y Braulio estudió Derecho y también Dirección de Empresas.
-        Braulio Patricio, la opción política correcta es ésta... Y ésta la religiosa... Y Braulio votó siempre a “los de siempre” e iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar.
-        Braulio, tienes edad de casarte... y tienes que casarte con tal persona..., con Blanca Castellanos... y tienes que tener 3 hijos... Y Braulio se casó, y se casó con Blanquita vestida de blanco...
-        Braulio, tienes que...  Y Braulio, sin dudarlo, estuvo ahí...

Así, siguiendo el “carril” de lo “establecido”... llegó a su cumple cuarenta y dos años. Sin problemas, sin riesgos ni temores.

Pero nadie se libra, siquiera una vez en la vida,  de tener que verle la cara a su destino...

Y un día, quizá el día que menos se lo podía esperar, Braulio tuvo que enfrentarse a la vida real, tuvo que tomar una decisión inesquivable.

La cosa fue como sigue: Braulio Patricio, que era el primogénito de la familia Castillo de San Martín  y  Carrizosa tenía dos hermanas: la una, después de estudiar Medicina, se fue de misionera a Senegal;  y la más pequeña, que estudió Bellas Artes, se puso al mundo por montera y se fugó con una compañera de estudios a París.

De la hermana María de los Ángeles, desde África, recibía puntualmente una carta cada mes, a la que contestaba con la ayuda de su esposa y a la que constantemente le mandaba ayudas para resolver problemillas de la misión. Pero la pequeña,  Ana Guiomar, nunca escribía, ni llamaba, ni había cómo saber nada de ella...

Y el problema surge cuando Martha Santa Clara,  la amiga y compañera de Ana Guiomar se mete en un lío de drogas...

Cuando ésta se da cuenta, no se le ocurre otra cosa que romper con su amiga y huir a dónde su hermana: coge cuatro cosas, las mete en una maleta y se va al Senegal. 

Llega a Tambacounda  destrozada y al borde de una depresión. Su hermana María de los Ángeles la acoge con cariño y amor solidario y la ayuda a sobreponerse. Tiene la suerte de que en Senegal encuentra, además de un país donde la música y la danza están siempre presentes, una tierra dónde se favorece el arte y la cultura; que posee muy diversas estructuras para la promoción y el desarrollo de los artistas. Así, como bastantes Centros Culturales,  multitud de galerías de arte e importantes museos como los de Dakar y Saint-Louis. Y, hasta se realiza, cada dos años,  un importante encuentro con artistas de todo el continente africano.


Ahí Ana se encuentra feliz, incluso se entusiasma con algún senegalés. Total, que, sin pensarlo mucho,  se busca una vivienda y se establece; provisionalmente, pero se establece. Viviendo en unas condiciones muy pobres, muy “a lo bohemia”, que dirá ella...

Braulio empieza a tener noticias de estos acontecimientos, por parte de su hermana María de los Ángeles y piensa que debe hacer algo,  pero su padre (que ya está mayor y achacoso) le prohíbe que lo haga, con el siguiente razonamiento:

-        Ella se fue de casa, pues de casa ya no es. Si quiere ser Castillo de San Martín, pues que venga aquí y nos lo diga...

Braulio no sabe qué hacer... Lo comenta en casa, delante de su esposa y sus hijas. Su mujer, como era habitual, no opina nada...

La mayor de sus hijas, Clara Eugenia, que sueña con ser periodista, le dice:

-        Papi, déjame ir al Senegal...
-        ¿Pero hija...?
-        Papi, ya tengo casi veinte años...

En realidad, su hija tenía razón: ya era una mujer... El verdadero problema era él, que con 42 años, en algunos aspectos, aún era un adolescente...

Ahora tiene que decidir. Quizá con veintitantos años de retraso, se tiene que enfrentar a la realidad que tiene delante, y decir algo.

Tiene que, por una vez en la vida, tomar una determinación. Puede decir que no, como diría su padre; puede acceder..., pero ¿y cuántas complicaciones no les va a traer este viaje?

Pero es que... se trata de su hermana y de su hija. Las dos son sangre de su sangre,  Castillo de San Martín de siempre y para siempre...

Su silencio lo rompe la voz de su hija:

-        Papi..., Papi...., Braulio
-        ¿Qué..., dime qué?
-        Pues... qué ¿qué si me dejas viajar a ver a las titas...?
-        Bueno, no sé..., déjame pensarlo 24 horas.
-        Vale...

Braulio esa noche no pudo conciliar el sueño... En la madrugada, se levantó y se puso a leer un poco. No se concentraba... Por fin optó por coger la Biblia, la abrió sin buscar nada en concreto y encontró un pasaje del Libro de Job, que dice:

“Al acostarme, digo: ¿Cuándo llegará el día?. Al levantarme: ¿Cuándo será de noche? Y hasta el crepúsculo estoy ahíto de inquietudes.”

Lo sintió como suyo, y siguió leyendo: “Mis días han sido más raudos que lanzaderas, han desaparecido al acabarse el hilo. Recuerda que mi vida es un soplo...”

Y siguió leyendo y leyendo, como queriendo encontrar una pista... hasta llegar a los versos que dicen:

“Dejarás la pena en el olvido,
como aguas que pasaron la recordarás. 
Y más radiante que el mediodía surgirá tu existencia,
como la mañana será la oscuridad.
Vivirás seguro, pues tendrás esperanza...”

Quizá el texto no tenía nada que ver con lo que él estaba viviendo; pero, en ese momento, Braulio tenía una idea clara en su mente: su vida, una gran parte de su vida, había pasado... sin penas ni gloria, que dice la gente: sin miedos..., pero sin aventuras, sin sufrimientos..., pero sin gozos.

Y todo ¿por qué?

Sus hermanas..., la una quiso ser misionera, y lo fue; la otra romper con todo y arrostrarlo todo... abriéndose a las sorpresas que la vida ofrece. Y ahora su más querido tesoro, su hija Clarita, le reivindicaba su derecho a elegir por sí misma. Como una mujer, con derecho a equivocarse; pero también a acertar... ¿Quién era él para impedirle..., para empujarla a vivir una existencia como la de él...?, ¿pero por qué motivo?

Ya casi amanecía... Se tomó una infusión de manzanilla y se fue a la cama.  Ahí durmió plácidamente.

Por la mañana, era un hombre nuevo.  En cierto modo, gracias a su hija; que le había enseñado algo que nunca le habían dicho ni en el Colegio, ni en las Universidades, ni siquiera sus propios padres.

Ahora sabía... que la vida sólo se vive una vez. Habrá otra vida, vale; él lo creía. Pero esta vida es sólo una. Y es para vivirla lo más plenamente posible. Quizá hasta pueda ser una ofensa al Creador no hacerlo...

Cuando se encontró con su Clara Eugenia, se quedó mirándola.

Ella dijo:
-        ¿Qué pasa papi..., dormiste bien?
-        Te quiero, hija, ven a mis brazos.
-        Papi... ¡me asustas!, ¿qué pasa?
-        Nada, tesoro, que te quiero mucho....

Y sin dejarla decir nada, añadió:

-        ¿Cuándo saldrías de viaje?, ¿qué necesitas...?
-        ¡Papi!, yo también te quiero mucho, ¡te quiero todo!

Pasaron unas semanas y la chica viajó a Senegal, dónde se encontraría con sus tías y con un mundo totalmente desconocido para ella, dónde lograría tener una enorme cantidad de experiencias increíbles y dónde también descubriría que la vida hay que vivirla en presente de indicativo: nadie puede hacerlo por una misma, por mismo.

Y, volviendo a la realidad de Braulio, nuestro personaje... ¿sabéis que pasó?

Pues que dejó de consultarlo todo... y aprendió a pensar y a decidir. A partir de ahí, cambiaron muchas pequeñas cosas... que le hicieron variar el rumbo de su vida:

Dejó de pensar en el qué dirán, para centrarse en qué era lo que verdaderamente quería hacer; dejó de trabajar para seguir atesorando y le vio sentido a hacer cosas creativas que ayuden a que el mundo pueda ser mejor a partir de mañana;  dejó de darle tanta importancia a su apellido, para pensar en su gente...; y, sobre todo, se creyó que la mejor parte de su vida ¡estaba todavía por delante!.


(del libro "Claves de Vida")




7 comentarios:

  1. Hola. Jose
    Que tengas un feliz día

    También decirte que no se que pasa pero tengo problemas para ver algunos de los blogs, incluido el mío que lo mismo lo veo que no, abecés me faltan cosas en la entrada es un lío

    Un abrazo

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  2. Hola José María.
    Importantísimo lo que hizo este señor de nombre tan peculiar: pensar en el qué dirán y dedicarse a lo que verdaderamente merece la pena.

    Unos abrazos de una recién llegada.

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    1. Efectivamente, valorar más lo esencial que las opiniones de la gente. Bien venida a nuestra casa común, Towanda.

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  3. para enriquecer nuestra vida tenemos que vivir experiencias nuevas,pero a veces por comodidad o cobardía,nos acomodamos y dejamos que todo siga su curso como si tal cosa...
    Un saludo

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  4. Tenemos derecho a confundirnos solos, a escuchar, si, pero saber decidir con riego de equivocarse. un abrazp

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    1. Por supuesto tenemos derecho a equivocarnos... ¡y hasta a tropezar varias veces con la misma piedra! Lo cual no quiere decir que sea lo mejor.

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  5. SER para el HACER: tomar decisiones para la vida. Un a brazo. Carlos

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