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lunes, 23 de abril de 2012

EN TORNO AL LIBRO


              23 DE ABRIL

Promulgado como el Día Internacional del Libro por la UNESCO, una fecha simbólica, por ser la conmemoración de tres grandes escritores: el entierro de Miguel de Cervantes Saavedra (según el calendario gregoriano), la muerte (y probablemente también el nacimiento) de William Shakespeare (según el calendario juliano) y la muerte de Inca Garcilaso de la Vega. La primera vez que se celebró fue en el año 1996 (que, por cierto y curiosamente, era bisiesto y comenzó en lunes).

Una jornada para rendir un homenaje mundial al libro y sus autores, y alentar a todos, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural. 

Pero esta fecha tiene algo más: en diversos países de habla castellana, se celebra este día como el Día del Idioma.

El “Día del Idioma Español” es una conmemoración anterior al DÍA DEL LIBRO, organizada por el Instituto Cervantes para celebrar la importancia del español como lengua internacional, que ya cuenta con más de 450 millones de hispanohablantes en el mundo.

El 23 de abril se celebra el Día Mundial del Idioma Español  (siendo aprobado el 13 de octubre de 1946) en honor al escritor Miguel de Cervantes, quien murió el 22 de abril del año 1616; aunque, en realidad, la celebración de este día tiene su origen en el año 1926, cuando el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés propuso la idea de un día especial para celebrar la literatura,  tradición que comenzó en Valencia y se diseminó gradualmente en toda España.

Pero, para la gente normal, o incluso para quienes tenemos el oficio o afición por la lectura y la escritura…  ¿qué sentido tiene?, ¿por qué, para qué de este día?

Desde que los seres humanos lo fueron, aprendieron a comunicarse. Pues quizá sea ése el signo más identificativo del ser humano: la capacidad de comunicación.

La comunicación que es tan amplia como la realidad de la persona. Y, en este sentido ¿qué lugar ocupan los libros?

Pues, para mí, están en un lugar fundamental: el libro posibilita el encuentro, los encuentros.

El primer encuentro, el de la persona que escribe: la idea que nace, que quiere ser plasmada en el papel… Tiene que haber alguien que quiere expresar unas ideas; y, para eso, se ha tenido que encontrar, previamente consigo mismo y, enseguida con el paciente papel.

Luego viene la oportunidad de compartir lo expresado con otras personas. Si hay quien o quienes prestan interés por leer lo escrito, ¡ya surgió el milagro!

Pero no será el último, desde luego. Porque, mucha gente, gusta de “conocer personalmente” a quien, desde ese o esos libros, le invitó a “saber” aquello que está compartiendo con palabras que dicen cosas o hacen despertar ilusionantes sueños…



Desde mi experiencia, es muy bonito cuando, en una presentación de un libro (que es como dar a conocer a un nuevo hijo), en una charla en un Centro Educativo (descubriendo que hay muchos jóvenes ávidos de saber más y más de tantas cosas), en las Ferias del Libro (escuchando a la gente, firmando autógrafos, etc.), teniendo la divina-humana oportunidad de encontrarme con otras personas, amigas de leer y de escribir…, dónde todas y todos ¡tenemos algo que ofrecer y compartir!  

Es sabor para la vida, para quienes amamos la lectura. Es nuestra vida. 


sábado, 21 de abril de 2012

A PROPÓSITO DE...



El avestruz cree que no viendo, no vive. El avestruz no sabe… ¡que la historia sigue… y es peligroso negarse a ver la realidad.

Cuando nos negamos a ver la realidad, estamos eludiendo el aceptarla; que no quiere decir que siempre estemos de acuerdo con ella, pero no podemos negarla. Yo creo que es muy peligroso no reconocer las cosas como son. Es como apuntarnos a “permanecer en la ignorancia”.


Y si es importante saber ver nuestro entorno, aún más lo es el saber mirarnos, el atrever a observar nuestra propia persona, nuestro ser. Tener conciencia de que nunca voy a saber, realmente, quien soy yo (lo que valgo, mis virtudes y carencias) si no soy capaz de mirarme, de arrostrar mi propia realidad (desde el ir observando “esos espejos” en los que me reflejo, diaria, cotidianamente).

Comunicarse eficientemente con las personas con las que nos relacionamos, con precisión y empatía, y dejando un poso de imagen positiva ante nuestros interlocutores, es uno de los cometidos clave en una vida en sociedad.

Se trata de un proceso complejo, en el que debemos articular habilidades aprendidas y talentos naturales (como el dominio del lenguaje oral y gestual, el don de la oportunidad, la adecuada gestión de las emociones, el encanto personal…). Y en el que hemos de combinar la tolerancia necesaria para aceptar y entender al otro, con la capacidad de expresar nuestras opiniones o preferencias.

Todo esto tiene mucha relación con LA ASERTIVIDAD. Esa habilidad de comunicación interpersonal y social que nos lleva a SER quienes somos y a VIVIR como creemos que debemos.

Pero ¿qué es llegar a ser una persona asertiva?

Es aquella que tiene la capacidad de saber transmitir hábilmente sus opiniones, intenciones, posturas, creencias y sentimientos.


La habilidad de la ASERTIVIDAD consiste en crear las condiciones que nos permitan conseguir todos y cada uno de los siguientes objetivos:

EFICACIA: conseguir aquello que nos proponemos.

SENTIRSE BIEN, al hacerlo: no sentirse incómodos en situaciones en que existe un conflicto de intereses.

SIN CREAR PROBLEMAS: ocasionando las mínimas consecuencias negativas ni para uno mismo, ni para la otra persona, ni para la relación.

En situaciones de aceptación asertiva, ESTABLECER RELACIONES POSITIVAS con los demás.


Como elemento muy importante en la habilidad está el saber decir “NO”.

En realidad, hay dos cosas que a muchas personas les resultan problemáticas o difíciles: una es de pedir o solicitar favores, y la otra, decir “no”.

Centrándonos en esta última cuestión, dar respuestas negativas supone un esfuerzo, empeñados como estamos en querer “caer bien”, en resultar tolerantes, comprensivos, amables y diligentes. La timidez y el déficit de autoestima son problemas añadidos a la hora de decir que no.

Hemos de saber diferenciar entre no contrariar a nuestros interlocutores porque, alguna vez, no coincidimos con sus propuestas, opiniones o planteamientos y entre hacerlo por sistema, siempre y en cualquier circunstancia.


Si no manifestamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o lo que resulta perjudicial para nuestros intereses, estaremos anteponiendo las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros; lo cual no suele ser lo mejor.

Esto puede causarnos, además de los previsibles perjuicios de índole práctica, problemas de autoestima, y puede trasmitir de nosotros una imagen de personas con poco criterio.

Tras una conducta “complaciente” puede hallarse la creencia de que llevar la contraria o no aceptar tareas que consideramos incorrectas o que no nos corresponden conduce a que se nos vea (o hasta nos veamos) como egoístas o insolidarios. Mucha gente piensa que eso es casi lo peor que les pueden llamar, hasta tal punto tienen asumido que la generosidad, la compasión, la empatía y la incondicionalidad son atributos positivos, y del todo contrapuestos al egoísmo natural (y hasta cierto punto, lógico) de todos los humanos.

Algunas personas tienen miedo a decir NO: sufren cada vez que se han de negar a algo, bien sea por miedo a defraudar las expectativas de otras personas, bien por temor a no dar “la talla”, o a no saber argumentar su negativa; o por simple pereza y comodidad. Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados y queridos.

Nuestra necesidad de ser valorados, atendidos y tenidos en cuenta, puede llevarnos (desde el espejismo que crea una autoestima poco asentada) a mostrar una constante disponibilidad “a todo”, lo que nos hace caer en una dependencia no sólo de los demás, sino de esa imagen desde la que actuamos, dejando de ejercer nuestro derecho a decir “no”.

Esa “dependencia” dificulta nuestra evolución personal, dinamita nuestra autoestima e imposibilita el libre ejercicio de la responsabilidad que propicia unas saludables y equilibradas relaciones de interdependencia con los demás, en las que decimos “sí” cuando lo consideramos adecuado y en las que mantenemos vigente la posibilidad a decir “no”.


Se trata de saber decir “no” sin sentirnos culpables por ello.
Cuando deseamos algo y decimos “otra cosa”, o cuando queremos decir “no” y tampoco lo expresamos…, estamos quitándole valor a nuestras palabras; tanto a nuestras afirmaciones como a nuestras negaciones.

Y devaluar nuestra afirmación es hacerlo con nuestro crédito como personas que sienten, piensan y tienen criterio propio. Equivale a devaluarnos ante los demás y ante nosotros mismos.


Hemos de buscar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero siempre habilitando un espacio para expresar nuestros matices o discrepancias. Si cedemos siempre, nos estamos haciendo daño. Si no somos capaces de decir “no”, pensaremos que a los demás les puede ocurrir lo mismo. Y cada vez que obtengamos una afirmación a algo que pedimos o comentamos, dudaremos de si realmente es una respuesta sincera, y paralelamente, si le importamos a nuestro interlocutor.

Conectar con nuestras necesidades, atender a lo que queremos y necesitamos, priorizar el cómo estamos en cada momento y situación, nos obliga a saber decir “no”.

En ocasiones, decir “no” nos resultará muy necesario para conocernos, para significarnos y mostrarnos al mundo tal como somos. Para ser, frente a nosotros mismos y ante el mundo que nos rodea, quienes realmente somos.

Desde la sinceridad empática (acercándonos a la situación del interlocutor o interlocutora), es como entablaremos unas relaciones de autenticidad; en las que impere un diálogo más auténtico, fluido y constructivo. Y podremos decir que sabemos con quién hablamos y cómo se encuentra la persona con la que lo hacemos.

Existen demasiadas relaciones vacías, formales, vestidas de cordialidad y buenos modales. Pero una cosa es la sociabilidad y otra muy distinta, la hipocresía del “quedar bien” a toda costa (aunque estemos cayendo en la falsedad).


Por eso es imprescindible que sepamos:

·       Decir  “no” cuando queremos decir “no”.
·       Sin que nos sintamos culpables por decir “no”.
·       Dando (adecuadamente) prioridad a nuestras necesidades, opiniones y deseos no es una manifestación de egoísmo, sino de responsabilidad, autoestima y madurez.
·       Diciendo “no” cuando lo consideramos justo o necesario es la mejor forma de comprobar en qué medida se nos valora y se nos quiere por cómo somos en realidad.
·       Permitámonos verificar que nuestras negativas no sólo no rompen vínculos con los demás, sino que plasman un compromiso de sinceridad, respeto (por los demás y por nosotros mismos), responsabilidad y autenticidad.
·       Porque la confianza se fortalece cuando el diálogo y la interacción no se sustentan en falsos asentimientos y condescendencias.
·       Y porque, además, si ejercemos nuestro derecho a decir “no”, podremos pensar que los demás hacen lo propio, y asentaremos una comunicación más fiable, veraz y fluida.


domingo, 8 de abril de 2012

EL DILEMA





VIVIR... O NO VIVIR


No soñar,
sino ser soñador;
no desear lo imposible,
sino vivir
todo lo posible.
No dejar pasar
ni los años ni los días,
ni las horas
ni un minuto.

La vida hay que hacerla:
buscándonosla,
proyectándonosla,
construyéndonosla.
Se trata
de querer ser
quien se es.

La vida 
es un regalo.
Una gracia del Cielo,
que todos recibimos.
Pero puede trocarse
en amargura...,
cuando no la vivimos
alegrándonos, cada día,
de tenerla;
sabiendo que es
una y única,
personal e irrepetible.

Nadie puede vivir
por ningún otro:
sólo uno mismo ha de escribir
su propia historia,
aunque, entre todos, hagamos
la del mundo.

Algo
he aprendido
en la vida:
Hay muchos caminos
pero sólo uno
para cada viajero;
como sólo hay
un corazón
para cada ser viviente.
Hay mil formas
de pensar;
pero, siempre,
sólo hay una
que nos convenza
de verdad
a cada quien.

Vivamos la vida
cada uno, todos,
lo mejor que sepamos.
Y vivámosla
con mucha alegría,
queriendo siempre que sea
nuestra vida.


      Vive, atrévete a vivir.



lunes, 2 de abril de 2012

SEMANA SANTA... EN EL MUNDO



ESTAMOS EN 

LA SEMANA SANTA


Semana Santa en Andalucía. Semana Santa de Sevilla... Quizá el mayor espectáculo del mundo.

Viene gente de los cinco Continentes para verla, para descubrirla, para conocerla, para disfrutarla... Y es que merece la pena. Es algo que a nadie deja indiferente.

Pero... creo que no tiene nada que ver con lo que, entiendo, debería ser.





Analizando, un  poco, la situación, yo diría: 

Como en tantas “celebraciones religiosas”, en Semana Santa, se nos despiertan tantos sentimientos (hasta contradictorios), mezcla de recuerdos melancólicos con... el querer, o no querer, vivir estos días de una manera diferente... Nos lo podemos plantear como unos días para “romper con la rutina”, como una ocasión para ponernos a meditar y profundizar; pueden ser unos días para el encuentro con esas personas con las que no lo hacemos habitualmente... Podemos elegir, esta semana, para que sean unas pequeñas vacaciones, pues es lo que el buen tiempo parece que nos invita a hacer...


Hay mucha gente que confiesa que se lo pasa mejor en la Semana Santa que en la Feria. También hay quienes se lo pasan bomba (recorriendo el llamado “itinerario erótico de la Semana Santa”)...



Yo prefiero, dentro de lo posible, evitarla. Intento salir lo menos posible a la calle; al menos a ciertas horas de más barullo... Y evitar la rara sensación de “no saber qué pensar” de esas ciertas actuaciones que más bien me parecen “vergonzosas” (casi “escandalosas”), al utilizar lo que creo que tendría que ser algo profundamente religioso y humano, para la diversión y la presunción. Porque, en verdad, de lo que se trata es de hacernos ver la historia más seria y triste que se conoce: Condenar a un hombre justo por intereses político-religiosos...


Pero bien, vamos al momento presente: Ahora estamos “metidos” en la Semana Santa. La semana grande.

Y no podemos (además es imposible) dejar pasar estos días como si fuesen otros días normales del calendario: la ciudad está programadamente “desordenada” (en cuanto a organización ciudadana se refiere): nada puede ser  como todo el año. Sí, aunque vivimos en una sociedad “secular-laica” (además de “poli-religiosa” y “multi-cultural” )..., pero la Semana Santa ¡mueve montañas!. Montañas ¡de todo!. Y no es la fe... sino otros “intereses” más pragmáticos.



Sin pretender ser irreverente, pero pienso que estas imágenes (o quizá sólo representaciones) de Cristo y María de Nazareth, tienen tanto poder que nos hacen olvidar que la pasión sigue sucediendo hoy día, ahora mismo, en ¡tantas partes de nuestro planeta Tierra!. ¡Hay tantos “cristos” sufriendo por las tantas calles del mundo!