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lunes, 29 de octubre de 2012

FÁBULA EN POSITIVO



VIVIR Y MORIR,
      EN MÁS Y EN MENOS

La vida es menos vivida
cuando se escapa de las manos
sin tener amigos
con quienes compartirla toda.

La vida es menos vida
cuando ella se consume
sin una inquietud constante
por transformar, a mejor, el mundo.



La vida es menos vivida
andándola atemorizadamente,
sin el corazón cargado de esperanzas
en la gente y en sus afanes.

La vida es menos vida
si está vacía de razones para el gozo;
cuando, sin apostar por ella,
se la vive corta en alegrías de vivir.


Se muere más
cuando se muere
sin haber conocido, siquiera una vez,
lo que es el auténtico amor...


Se muere más
cuando se llega a morir
sin dejar, al menos un hijo,
para el mundo que sigue...

Se muere más
cuando se muere
sin mil obras hechas, grandes o pequeñas,
aportadas a la historia humana...



Se muere más
cuando se llega a morir
sin confianza y comprensión de cada otro humano
y en los sus motivos de vivir o de morir.



 JMF -  en “Ácido  desoxirribonucleico”




sábado, 27 de octubre de 2012

RECETAS DE FELICIDAD




BIENAVENTURANZAS 
PARA HOY

Hace siglos, Jesús de Nazareth, el rabino galileo,  proclamó (más como “buena noticia” o “anuncio de positividad” que como “programa de vida”) que, desde la lógica del Padre Dios, pueden ser felices (muy felices) los más pobres, la gente sencilla, quienes tienen misericordia o se apuntan a la mansedumbre, esperanzadamente… en las situaciones más difíciles.  Algo que puede parecer tan inverosímil como revolucionario. Quizá por eso que tan poca gente “se atreva” a vivirlo... a cabalidad.


Claro que, desde hace unos años, circulan por ahí otras “bienaventuranzas” que un grupo centroeuropeo lanzara:

“Bienaventurados los fuertes, porque de ellos será la tierra. Desgraciados los débiles, porque no heredarán más que basura. Bienaventurados los poderosos, porque ellos serán elegidos entre los hombres. Desgraciados los que se levantan con humildad, porque ellos serán excluidos. Bienaventurados los valientes, porque ellos serán dueños del mundo. Bienaventurados los que tienen mano de hierro, porque los desfavorecidos serán aplastados”.


Dos “ofertas” totalmente distintas.

Yo soy de los que piensan que la sugerencia más antigua tiene más razón; pero también creo que, seguramente, el creer en ello nos obliga más a transformar nuestra manera de pensar y de juzgar y de actuar.

Y tengo que reconocer que, por las realidades en las que nos movemos, es más “apreciado” el manifiesto de la Europa de los ricos que, de una y otra manera, se nos está inculcando y hasta imponiendo… ¡por eurones!  




martes, 23 de octubre de 2012

NUECES Y CASTAÑAS



NUECES Y CASTAÑAS 
PARA EL OTOÑO

Cada estación tiene sus encantos, mucho el otoño. 

Para mucha gente son la primavera, con la belleza de la naturaleza “revive”, o el verano, con sus días más largos, el clima que invita a acercarse al mar…

Pero no cabe duda de que también el otoño y el invierno son estaciones muy adorables. 

A mí, especialmente,  me encanta el otoño, lleno de colores combinados, con esas noches estrelladas…

Y también este período nos llega con el regalo de diversas frutas y frutos que son únicas: Los frutos secos son una importante fuente de nutrientes para los seres humanos y la vida silvestre. 



Como ya hemos comentado antes, en otra ocasión (http://jose-maria-naturalmente.blogspot.com.es/2011/06/somos-lo-que-comemos.html), somos lo que comemos, con lo cual nuestra salud tiene mucho que ver con lo que llevamos a la boca:

En general, pienso, mucha gente come pensando más en darle gusto a la lengua que bienestar a nuestro organismo.  Y, otras veces nos dejamos llevar por la comodidad, buscamos comidas rápidas o poco laboriosas; dejando a un lado lo que nos ofrece la tierra, en cada estación.

Si comemos sano, pensando en lo que nos hace bien (y no es difícil poniendo un poco de interés en informarnos) nuestro organismo nos lo agradecerá. 


Si nos alimentamos comiendo de acuerdo al orden natural (que tiene sus “leyes”) tendremos el secreto del rejuvenecimiento y la llave para lograr una vida más larga. Ya que la Naturaleza es sabia... y generosa, regalándonos, en cada momento del año lo que es mejor para más nos beneficia.

Las más comunes y saboreadas son las naranjas y mandarinas (con alto contenido de vitamina C), buenas como antioxidantes y que ayudan a quemar grasas; las manzanas (muy digestivas) y las peras (buena fuente de potasio y vitaminas C y E; las uvas (magníficas como antioxidantes);  los plátanos (más dulces en esta época del año); la piña (rica en fibra y cantidad de vitaminas y minerales); la granada (digestiva, diurética, astringente, depurativa), el membrillo, etc.   



Pero no podemos olvidar los frutos secos del otoño:

LAS NUECES

Al llegar el otoño, más el mes de noviembre, parece que nos sentimos con la necesidad de disfrutar de nueces y castañas, además de las frutas ya mencionadas.  

Pero,  seguramente, la mayoría de las veces lo hacemos sin conocer todos los beneficios que, al comerlas, aportamos a nuestro organismo.

Las nueces contienen los ácidos grasos esenciales linoleico y linolénico, y las grasas en los frutos secos en su mayoría son grasas no saturadas , como las grasas monoinsaturadas

Distintos estudios  epidemiológicos  han revelado que las personas que consumen nueces regularmente tienen menos probabilidades de sufrir de enfermedad cardíaca coronaria.


Así pues, consumir nueces es una de las maneras más fáciles que tenemos para ayudar a mejorar nuestra salud. Pues, por ejemplo,  un puñado de nueces (unas 5) al día nos aporta una gran fuente de vitamina B6, ácido fólico, fósforo, magnesio y cobre, además las nueces contienen antioxidantes, como la melatonina o el selenio, sustancias primordiales para reducir el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer y otras enfermedades crónicas. Las nueces son además ricas en proteínas y regulan el nivel de colesterol malo en sangre.


LAS CASTAÑAS

Quizás sean el fruto por excelencia del otoño.

Las castañas vienen a ser uno de los frutos por excelencia del otoño, un momento y una época de cambio, de recogimiento interior, y un tiempo en el que podemos comenzar a disfrutar del frío, de la lluvia, y de todo aquello que representa esta estación del año.


Hablando de sus propiedades: Las castañas son un alimento saludable con importantes beneficios nutricionales que podemos encontrar en el otoño. De hecho, casi podríamos decir que se trata del alimento más característico del otoño, una época en la que es común comerlas asadas para mitigar el frío que es habitual que haga durante esta bella época del año.

Se trata de un fruto seco tremendamente rico en nutrientes, aportando sobre todo hidratos de carbono y fibra, así como vitaminas del grupo B, ideales para reducir la sintomatología propia del otoño, en la que es común sentirnos apáticos o melancólicos.

Lo más destacable, entre las propiedades de las castañas, es que se trata de un alimento con muy pocas calorías, algo que se combina muy bien con su alto contenido en fibra, proteínas e hidratos de carbono.


Precisamente gracias a su alto contenido en fibra se convierten en unos alimentos adecuados contra el estreñimiento. Resultan muy útiles en dietas de adelgazamiento porque ejercen un importante efecto saciante. Y, además, tienen propiedades vasculares reconstituyentes y antiinflamatorias.

Son una buena fuente de minerales, entre los que destacamos el magnesio, potasio, hierro y fósforo, y según algunos estudios se les atribuyen propiedades tanto anti-inflamatorias como vasculares.

Si se mastican bien y no se abusa al comerlas, no tienen por qué ser pesadas de digerir.

Lo más importante es su alto contenido en hidratos de carbono, proteínas y fibra; su bajo contenido calórico; y su contenido en minerales (magnesio, potasio, hierro y fósforo).



El otoño es una buena época para disfrutarlas, sobretodo porque puedes ir al campo en compañía de tu familia, pareja o amigos, armarte con una bolsa y un palo de madera y pasar un día inolvidable buscando castañas en las jornadas más hermosas de esta bella época del año.


¡Disfrutemos del otoño y sus regalos naturales!








jueves, 11 de octubre de 2012

YO DIGO...



CON  AMISTAD


Yo tengo otros nombres
para las cosas importantes de la vida.

Y te las voy a decir
para que entiendas todo
lo que, acaso, te sorprendió de mí.

Cuando tú dices soledad,
yo digo “en paz”;
cuando tú dices miedo,
yo creo que “es hora de buscar”;
cuando tú dices es difícil,
yo “opto en libertad”;
cuando tú dices noche,
yo ya siento que “se acerca
un nuevo amanecer”...

Hay mil cosas a las que yo
quiero darles otro nombre;
porque no me gusta
vivir por los demás,
sino hacerlo por mí;
no solo, sino con los demás.

Si, para mí, la fe tiene
el nombre de “Confianza”;
si, para mí, la Esperanza
tiene el nombre de “Vamos
juntos, paso a paso”;
si, para mí, arriesgar
es “Dame tu mano
y miremos al frente...”

Si, para mí, la vida
tiene sentido “soñando con...”,
“buscando con...”,
“creyendo con...”,
“avanzando con...”
...es porque el Amor, para mí,
tiene el nombre de Amistad.

                 ( JMF -  en “Ácido  desoxirribonucleico” )




viernes, 5 de octubre de 2012

COMPARTIENDO...




¡Gracias!

Ya lo dije en abril del pasado año: para mí que valoro tanto la Amistad (más que la mayoría de las cosas que podemos encontrar en la vida), descubrir que hay cientos de personas que, además de asomarse a mi blog, han querido dejar su seña y reconocimiento amigo, engrosando así mi lista de "seguidores", no sólo es motivo de alegría, sino también de agradecimiento.


Sigo deseando saber y poder ofreceros 
cosas valiosas.

500 abrazos,
     
                      Vuestro:
                   
                                           José-María



miércoles, 3 de octubre de 2012

CUAL DIÓGENES


LAS CAJITAS DE INÉS

A Inés le gustaban mucho los críos chicos, los bebés. Como consecuencia, también las muñecas y los muñecos, sobre todo los de bebés recién nacidos. Cada vez que veía alguna foto, tanto de críos reales como de juguete, ella la guardaba... como todo un tesoro.

Unas navidades, sus padres le regalaron una muñeca bebé preciosa...


Inés estaba encantada con su muñeca Tinita. Pero la caja que traía era de material endeble y enseguida se rompió. Claro que doña Lourdes intervino diligentemente y, enseguida, consiguió una adecuada maravillosa caja para la muñeca Tinita de su hija.

Pasaron los años e Inés tuvo más muñecas y muñecos. Y, desde luego, muchos más recortes de revistas con fotografías de bebés. Ella los tenía ordenados en cajas: la azul, la rosa, la de lunares...


Ya, cada vez que encontraba una caja bonita, la guardaba... para poder ordenar bien sus recortes con fotografías y postales de niños y niñas.

Cuando Inés tenía 17 años, tenía 32 entre muñecas y muñecos, y una gran cantidad de cajas repletas de fotos con caritas e infantiles cuerpecitos.  Cada caja, si no era muy bonita, la forraba con papel de color o con flores o dibujos bonitos...


Las cajas las conseguía de las distintas cosas que se compraban en casa, pero también ella iba a pedirlas a distintos comercios o hasta si le gustaba alguna que veía tirada en la calle, la recogía para llevarla a casa. Así, en la habitación de Inés había cajas encima del armario, debajo de la cama, entre la ropa, en una pira amontonada en un rincón detrás de la puerta... ¡cientos de cajas!

Un día, volviendo a casa de su clase de francés, se encontró con la dependienta de una camisería que sacaba montones de cajas azules de la tienda. No lo pudo evitar, y le pidió, por favor que se las regalase. La chica estuvo encantada y nuestra protagonista no menos. Eso sí, tuvo que llamar a un taxi para llevarlas a casa.


El problema fue luego, cuando en casa, no tenía espacio material para guardarlas. Las echó encima de la cama..., pero eso no podía ser por muchas horas.

Así que, esa tarde, Inés se quedó encerrada en su cuarto, intentado poner orden en su arsenal de cajas: sacó las que tenía guardadas en uno y otro lugar y las fue encajando, dentro de lo posible, unas dentro de otras... ¡Bien!, con ello consiguió que ocupasen incluso menos del espacio que el que ya tenía destinado a sus cajas anteriormente.  El problema era ahora que cuando fuese a buscar una determinada caja, acaso que no la encontraría a primera vista... Pero, bueno, eso era un mal menor para ella.


Después de varios años, Inés fue perdiendo un cierto interés por sus muñecas y sus postales y sus recortes de revistas con fotografías de peques.  Empezando a gustarle los chicos más mayorcitos. De más de veinte años...

Lo que no perdió Inés fue su afición por las cajas y cajitas. Y sus amigas y amigos le regalaban cajas de todo tipo. Y, cuando tuvo novio, éste todo lo que le regalaba lo hacía dentro de una bonita caja que, ella, seguro, siempre conservaba...

Por fin un día, Inés y Rafa decidieron formalizar su relación. Y ella invitó a su novio, de parte de sus padres, a que fuese a su casa a cenar.

Todo fue muy bien, charlaron afable y distendidamente, incluso hubo un espacio para compartir experiencias muy personales.

El “broche” de la noche lo motivó Rafa cuando dijo:

- Oye, Inés, me gustaría ver tu cuarto, saber dónde duermes y sueñas.

- Venga, sígueme...

Al entrar en el cuarto, Rafa (que no sabía lo que había detrás) empujó la puerta de entrada a la habitación y, perdiendo la estabilidad, la montaña de cajas que estaba oculta calló golpeando al chico en la cabeza a la vez que producía un gran estruendo.

- ¡Ay! ¿qué es esto?

Un silencio. Luego:

- Mis cajas...

- ¿Pero cómo es posible, yo sabía de tu afición, pero... tantas cajas?

- Sí ¿a quién le hago daño?

- Pues mira, ahora me lo has hecho a mí...

- Pobre Rafa... (poniéndose melosa)

- Pobre Rafa, no. Pobre de ti, Inés.  ¿No te das cuenta de que esto es ¡demasiado!...?

- ¿Pero por qué...?


- Bueno, no es ningún delito, ¡pero vaya manía! Y el caso es que no sé como...

- ¿Cómo qué?

- Pues... cómo yo no me he dado cuenta de que estaba saliendo con una mujer que tiene ¡el síndrome de Diógenes...!

- Pues mira, si te parezco enferma, déjame con mi locura, que yo así soy feliz...

- No, yo no digo que estés loca, pero lo que sí voy a hacer, ahora mismo, es dejarte tranquila que, por lo que veo, tienes tarea para un buen rato (añadió mientras señalaba las cajas caídas); además, ahora... ¡miedo me está entrando de quedarme un rato más en esa casa!, dime: ¿qué hay detrás de la puerta que da a la calle?, ¿cuántos golpes me quedan que recibir todavía esta noche...?

- Por favor, no te pongas así, que tampoco es para tanto, digo yo...

- Bueno, no será para tanto, pero yo ahora me marcho por donde vine a un lugar más seguro (añadió con tono burlón).


Pues sí, Rafa se marchó. Se despidió cortésmente y dio las gracias a los padres de Inés pero, sin hacerlo materialmente, le estaba dando un golpe moral a la coleccionista de cajas.

Y, así, de este modo, Inés se quedó con el plantón de su novio ¡y sin saber cómo hacer, ahora, para recoger todas las cajas que tenía repartidas por el suelo de su habitación!

Pero lo peor fue... cuando se fue haciendo consciente de la realidad: su afición la había desbordado y la había dejado vacía, como a casi todas aquellas cajas que guardaba. Y al darse cuenta, Inés lloró y lloró. De rabia y hasta de coraje contra sí misma. También de impotencia.

Estuvo horas, hasta la madrugada... sin salir de su habitación. Sólo ordenando cajas.

Por la mañana, su madre entró en el cuarto. Al entrar, en el primer momento, se sorprendió del orden que allí había; si bien todo el cuarto estaba lleno de montones de cajas, bien ordenadas, encajadas unos dentro de otras y formando grupos... Después de buscarla con la mirada, entre las montañas de cajas, vio a su hija dormida en un rincón dejada caer sobre la pared, signo seguro de que había quedado agotada... 


Se le acercó en silencio, intentando evadir las columnas de cajas, a través de aquel laberinto de cartón y papel multicolor. De todos modos, sin poder evitarlo, un par de cajas fueron al suelo y, de un golpe, hicieron que Inés despertara.

Con los ojos aún enrojecidos, se incorporó poniendo en sus labios un “mamá” que hizo que las dos mujeres, madre e hija rompieran a llorar.

Se abrazaron como nunca lo habían hecho.

Entonces, la mamá, queriendo ser positiva,  dijo:

- Qué bien está todo.

A lo que Inés respondió:

- No, nada está bien: sólo tengo cajas vacías... ¿para qué?

- No sé, es lo que a ti te gusta (le dijo su madre).

De nuevo, con renovadas lágrimas en los ojos, la chica añadió:

- He perdido mi tiempo, he perdido mi novio, he perdido... ¡el sentido de la realidad!

- Un poco sí, la verdad...

- Todo el sentido, mamá. Las cajas no me sirven para nada.

Hubo un silencio. Las lágrimas corrían por el rostro de Inés. Su madre tragaba saliva, resistiéndose a acompañar a su hija en aquel duelo.


Siguió, hablando con dificultad:

- Ni siquiera para guardar... Sólo lo que es útil merece la pena ser guardado o dedicarle nuestro tiempo... Además las cosas más bellas de la vida vienen libres, desenvueltas; como las mariposas, las flores, el viento o la luz del sol al amanecer que entra por mi ventana.

Las dos miraron hacia la ventana.

Mientras la madre añadió:

- Sí, hija mía. También este otro abrazo que te voy a dar.

- Te quiero, mami.

Así estuvieron un buen rato, sin tiempo medible, ya sin mirar el despropósito de cajas acumuladas y amontonadas junto, delante, detrás, a ambos lados... de ellas.

Luego, doña Lourdes dijo:

- ¿Y si hacemos una travesura?

- ¿Qué travesura, mamá?

- Mira, podemos coger todas las cajas, las metemos en la camioneta de Jorge, que casualmente ha venido a traernos fruta fresca, y le pedimos que, luego, se las lleve... a donde le parezca.

Así lo hicieron, en silencio, como si de un rito religioso se tratara.

El primo Jorge, les dijo:

- Tengo una idea: las llevaré a la Plaza Mayor, donde están montando un gran árbol de Navidad.


Lo que tú hagas estará bien, le dijo la tía.

Jorge se acercó a la Plaza y, pidiendo ayuda a los operarios del Ayuntamiento para descargarlas, las dejó todas allí, sin dar más explicaciones.

Y... al otro día, todas las cajas y cajitas, las que habían sido motivos de alegrías y también de sufrimiento,  sueño y pesadilla para Inés, ahora, todas, lucían colgadas del gran abeto en la Plaza Mayor.


       



     (Un relato publicado en “Desde el Alféizar”)