Páginas vistas en total

domingo, 25 de septiembre de 2016

NECESITAMOS OTRA POLÍTICA

DEMOCRACIA   FINGIDA
Vivimos tiempos difíciles. Seguramente estamos “embarcados” en una crisis de valores. Es una aventura a la que no se le prevé un buen fin. Pocas cosas convencen a la mayoría de la gente… que espera soluciones, a tantos problemas, que nunca llegan.

 



Reconozcámoslo. Esto no funciona ni medio bien. Aparte de las corrupciones, enchufismos y tráficos de influencias, búsquedas partidistas del triunfo, confabulaciones para impedir que funcione cualquier cosa que promueva o gestione otro partido, etc., etc.  
 
Acaso que falta capacidad de liderazgo, cuando todo se mide por los “rendimientos” en las urnas. Pues no todos aquellos que gritan son líderes (algunos parece que hacen de su vida un mitin sindical). La fuerza de la palabra no está siempre (puede que demasiadas pocas veces) acompañada de la fuerza de la acción.  
 
 
 
Y, aunque mucha gente lo que hace es seguir (como aborregada) a esos, quienes se las dan de líderes, el resultado es que pasan los meses, los años, y no avanzamos. Posiblemente porque no todos los que se visten de líderes lo son, ni mínimamente.
 
El liderazgo auténtico es el que tiene la capacidad de mover y acompañar a la gente hasta lograr unos objetivos ¡que sean realidades para el bien común!
 

Y ¿qué pasa si no hay liderazgo? Pues se dejan guiar por los intereses económicos... de la plutocracia (oligarquía de los ricos).

 
El dinero (en la actualidad como lo fue en otras épocas del pasado) es el mayor determinante de la influencia y del éxito político. El dinero determina qué candidatos estarán en condiciones de impulsar campañas efectivas y cuáles candidatos ganarán los puestos electivos. El dinero también determina los parámetros del debate público: qué cuestiones se pondrán sobre el tapete, en qué marco aparecerán, y cómo se diseñará la legislación. El dinero permite que ricos y poderosos grupos de interés, influencien sobre la militancia de los partidos, hasta llegar a dominar en las elecciones y sus resultados; para dominar sobre  los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

Una forma común de actuar la plutocracia, hoy día, es dando financiación (más o menos irregular) de partidos y de sus grupos o instituciones afines.








 Y junto a la financiación de los partidos, va la de los medios de comunicación (mass media); algo muy importante  por la gran influencia que ejerce en la gente, orientándola no sólo en los hábitos de consumo, sino también en la opinión política para facilitar los tipos de gobiernos que mejor les vengan, según las circunstancias.
 

La plutocracia tiene recursos suficientes para desde su “tribuna” influenciar a toda la sociedad para imponer su propio criterio y cambiar la voluntad de los destinatarios.
 
Se trata de un mecanismo, bien de refuerzo de actitudes, o bien de posibilidad de cambio de actitudes y comportamientos que llega, incluso, a afectar a los valores y creencias colectivas, de grupos reducidos o amplios (naciones enteras).
 


Finalmente, hay una categoría adicional de dinero político que es aportado por ciertas instituciones, destinado a propaganda específica sobre temas puntuales.


 
El resultado es que los partidos políticos, van bailando “al son” que les marcan los dueños del poder económico (muchas veces en manos de personas anónimas); con lo cual tanto los que se definen “de derechas” o “de centro”, como los “de izquierda” o “más de izquierda”, no piensan en el bien de la ciudadanía, no en resolver los problemas del país, sino en mantenerse en “el poder”, haciendo lo que haya que hacer… para sobrevivir.
 

Y ¡que todo siga igual!
¿Es esto democracia?, ¿es, siquiera, hacer política?

Me temo que no. Pues, definiéndola correctamente, política es «Hacer realidad lo que es posible».
La democracia ha fracasado. Lo que tenemos es sólo “partidocracia”.
 
Si hay mayorías absolutas, funcionan como dictadura. Si no hay mayoría, no saben ponerse de acuerdo (pues no conocen las reglas de lo que es la democracia).

En el momento actual español, nuestros “lideres” están demostrando que ninguno sirve para gobernar en democracia.

¿Hasta cuándo? ¿No será el momento de cambiar de “sistema”, pasar a hacer las cosas de otra manera?

¿Por qué no optamos ya por una tecnocracia? Una forma de gobierno en el que los cargos públicos no sean políticos, sino especialistas en sectores productivos o de conocimiento:
Poner el gobierno de nuestro país (los distintos poderes del Estado) en manos de personas preparadas (¿qué más da como piensen políticamente?), ¡y hacer posible todo lo necesario para que el país funcione!
 
Ojalá. Es cuestión de querer.



lunes, 5 de septiembre de 2016

EL DILEMA


¿Y QUIÉN MANEJA...
MI BARCA?

Inapelablemente, a veces (tantas veces), la vida nos sorprende y nos pone por delante situaciones que no esperábamos.

¿Qué hacer entonces?

¿Volvernos atrás y retroceder… hasta una anterior “área de confort” donde nos encontrábamos?

¿Cerrar los ojos y taparnos los oídos; para, así, pretender no ver ni oír la realidad que tenemos que aceptar… porque es la que es?

¿O, acaso, asumimos el reto, dejando los miedos a un lado, confiando en nuestro Yo Superior, para arrostrar la aventura de vivir?

No es verdad que nuestro destino esté escrito. No lo creo y me niego a aceptar que sea así. Pues (al menos y aunque sólo sea parcialmente, o en una parte de nuestra vida) somos responsables del camino que, en cada momento, elegimos.

En ocasiones hemos encontrado personas que se quedan paralizadas, delante de su propia realidad. Sí, hay quienes le echan la culpa, de todo cuanto les sucede, al destino: “estaba ya todo escrito”; otras y otros le atribuyen a Dios la soberanía de todo lo que les acontece: “estaba de Dios”, dicen. Incluso habrá quienes culpen, de lo que les pasa, a ciertos poderes fácticos que lo controlan todo: “estaba programado” por alguien…

Son excusas. Sólo excusas. Aunque sea verdad que hay ocasiones en las que es muy difícil asumir las propias responsabilidades…, pero es que, si no lo hacemos, para empezar: nos traicionamos (a nuestra propia persona).

Querámoslo o no, somos responsables de nuestras acciones. Y las excusas (por muy adornadas que las queramos presentar), son eso: intentos de evadir responsabilidades: ¡excusas!

Pero, aún así (negándonos a estos planteamientos) hay ocasiones, circunstancias, acontecimientos… que, sin buscarlos, nos suceden (ante los cuales no podemos hacer nada) y que pueden, ciertamente, cambiar nuestra realidad personal.

Unas veces pueden ser la consecuencia de un fenómeno natural (una tormenta, un terremoto, etc.); otras, la acción de una persona que interacciona en nuestra vida…

Y ¿qué hacer?, ¿cómo actuar?, ¿nos escondemos debajo del ala?, ¿acaso… renunciamos a vivir? Y ¿dejamos que los miedos (los propios, los ajenos) nos limiten la existencia?


No, si estamos en la vida… ¡que sea para VIVIR!

Pero vale: tenemos derecho a (alguna que otra vez, que no todos los días del año) a sentirnos mal. Como también tenemos derecho a dudar y hasta a equivocarnos.

Somos seres racionales, pero también vivimos de emociones, de sentires. E igual que hay ideas que nos llevan a actuar de una determinada manera; también hay sentimientos que no se pueden evitar y nos marcan, en ocasiones, el camino por el que hemos de andar.

Y ante lo inevitable…, lo mejor es aceptarlo. Pero también es verdad que no siempre debemos dejarnos llevar por el primer impulso, por lo que nos pide el corazón (o el cuerpo entero) sin más, irremediablemente.

No todo se puede programar, ni tampoco tener siempre “bajo control” las emociones. Pero creo que nunca estará de más escuchar el viejo adagio de nuestras abuelas de «consultarlo con la almohada»; o, lo que es lo mismo (o de muy parecido resultado) lo de contar a cien antes de lanzarse al vacío… con el único paracaídas de la ilusión.

Bien. Quizás habrás ocasiones en las que nos llega la tormenta, el huracán, el terremoto…) y perdemos todo el control de la barca en la que vamos. Entonces, sólo podemos agarrarnos fuerte a algún palo grueso o a esa persona que tenemos cerca y dejarnos llevar… ¡Qué sea lo que Dios quiera!

Pero no siempre es así. Ciertamente (y lo sabemos), la mayoría de las veces, el timón está (o puede estar) en nuestras manos. Y es de cada quien el derecho y la responsabilidad de decidir su porvenir.

Asumirlo es un reto. También una ocasión irrepetible de gozar con ello.