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viernes, 25 de noviembre de 2016

¿PARA QUÉ?


 

INVITADO A CLASE

 
(Capítulo 7 del libro “GRANDES REGALOS”)

Habían pasado ya unos meses desde el día de su jubilación. Pero era conocido que, de alguna manera, el viejo profesor seguía en contacto con muchos de sus antiguos alumnos…

 
El profesor que le había relevado en el puesto, no encontraba suficiente motivación en la clase. No sabía lo que pasaba, o tal vez lo que sucedía era que había como un abismo que salvar… entre lo que eran las clases de su antecesor y la manera como él las impartía.

 
Así es que, seguramente queriendo buscar un acercamiento a su alumnado, al que no lograba llegar como él quisiera, se le ocurrió invitar a su antecesor para que le hablara de algo que les ayudara a mejorar su motivación…

 
El día acordado llegó. Al entrar en clase el nuevo profesor titular junto al viejo profesor, ya jubilado, en clase se produce un ligero rumor, luego una alumna inicia un aplauso y luego, toda el aula se vuelca en una larga ovación. Por fin callan y el joven profesor, invita a los alumnos a escuchar, con atención, como si fuera por última vez, las palabras de Don Adalberto.  

 
Empezó así:

 
- Buenos días. Agradezco esta oportunidad que me da Don Luis para dar mi última clase, para exponeros un tema fuera del programa curricular de este curso. Y os voy a hablar de “¿Para qué?”

 
Sí. ¿Para qué? Yo, con mis 65 años, casi 66, lo considero fundamental. Y pienso que para vosotras y vosotros, ahora que sois jóvenes, que estáis en, como se dice, la flor de la vida, también ha de ser fundamental. Y quiero comenzar haciéndoos unas preguntas. No para que me las respondáis ahora, sino para que os las respondáis… personalmente. Eso sí, cuanto antes.

 
Pregunto: ¿para qué estudiáis?, ¿lo sabéis?
 
Más: ¿para qué vivís?, ¿lo tenéis definido?
 
Sí, filosofando, siempre se nos dice: “Es importante saber de dónde venimos y a donde vamos”. Pero no lo es menos saber: para qué estamos aquí y ahora. Vivir sabiendo para qué hemos nacido, para qué existimos.
 
La verdad es que, fundamentalmente, eso es lo que os va a llevar a ser, durante toda la vida, unas personas felices o desgraciadas. No el dinero o el poder que logréis, no las casas o coches que lleguéis a tener, ni las chicas guapas o los tíos espléndidos que os llevéis al huerto…, sino si vuestros días tienen razón de ser: ¡un ¿para qué?!
 
Seguramente más del ochenta por ciento de la población del mundo no lo sabe. Y, muy posiblemente, no ha descubierto “la clave” de la felicidad: saber para qué están viviendo.
 
Toda la clase queda en silencio. Nadie habla nada. El profesor se acerca a la pizarra y escribe: ¿PARA QUÉ?
 
Nadie dice una palabra, los jóvenes están expectantes…
 
Después de no más de un minuto, aunque pareciera que había pasado un largo rato, una chica desde el fondo del aula, pregunta:
 
- Eso digo yo ¿para qué todo esto?
 
- Pues eso depende casi exclusivamente de ti (responde el anciano profesor). Y me dirás… ¿cómo puedo saber yo “para qué” estoy en este mundo, en este espacio y tiempo…?, ¿qué sentido tiene mi vida?
 
- Pues sí, eso mismo (responde la joven).
 
- Magnífico. Perdona, que no lo recuerdo ahora ¿cuál es tu nombre?
 
- Natalia.
 
- Magnífico, Natalia. La inquietud de responder a esa pregunta te puede llevar a cambiar el rumbo de tu vida. Porque sólo si te lo preguntas buscarás la respuesta. Y mientras no tengas la respuesta, andarás perdida…, como Alicia (*) en el País de las Maravillas: si no sabes a dónde vas, igual da para donde camines…
 
Te voy a explicar, os voy a explicar a todos, por si a alguien más le interesa, que espero que así sea, cómo conocer la respuesta a esa pregunta: ¿para qué?
 
Lo primero que habréis que hacer es indagar, escudriñar dentro de vuestra mente. Se trata de que miréis, observéis, veáis dónde están las pautas de vuestra “filosofía de vida”. Dicho de otro modo ¿qué es lo que os gusta de esas personas que os gustan?
 
Pensad: hay personas que os resultan desagradables, repelentes, nada más oír sus nombres. Quizá en esa lista podrían estar Nerón o Atila, Stalin o Hitler, Idi-Amín o Saddan-Husseín. Pues yo os invito a mirando a vuestro fuero interior, penséis en personajes que os resulten gratos, atractivos, admirables. Buscad esas personas, o si queréis personajes ficticios, que os resulten atractivos, cercanas o lejanas que admiráis, que os han impactado por algo… ¿Acaso estén en esa lista inventores, descubridores, escritores famosos, gente que supo entregar su vida por causas justas, que aportaron alguna cosa realmente importante para la humanidad, quizá vuestros padres…?
 
No se trata de que investiguéis ni rebusquéis mucho: con esos diez o doce nombres que os surjan inicialmente es suficiente. No nombro a nadie para no influir en vuestros pensamientos.
 
Venga, haced la lista.
 
Dejó de hablar y, con gestos, invitó al alumnado a desarrollar el ejercicio.  
 
- ¿Lo hacemos, ahora?, preguntaron dos jóvenes, casi a coro.
 
- Sí. Una lista, una relación de nombres, tal como os vayan surgiendo de la mente. Luego, si queréis, las numeráis por orden de preferencia.
 
Guardando silencio un buen rato, esperó a que chicas y chicos fuesen haciendo su enumeración. El joven profesor, también sacó un bloc y se puso a hacer su lista…
 
Al cabo de un rato, y observando las posturas de unos y de otros, fue deduciendo que ya iban acabando la tarea.
 
Cuando ya le pareció que todos estaban esperando, poniéndose en medio, preguntó:
 
- ¿Ya?
 
- Sí, contestaron bastantes.
 
- Bien, añadió: este juego es nada intrascendente. Porque, a partir de lo que vais a descubrir hoy, en estos momentos, vuestras vidas pueden valer más.
 
Atendedme. Tenéis unos nombres: ¿Cómo cuales?
 
Una chica primero y luego algunos otros compañeros, fueron diciendo algunos nombres:
- Gandhi, Cristóbal Colón, Einstein…
- Jesucristo, Luther King, Madre Teresa de Calcuta…
- Buda, Platón, Marie Curie, Tarzán…
 
- Perfecto, no hace falta que me los digáis todos. Pero sí que los miréis detenidamente:
 
Esas son, seguramente, las personas o personajes que han creado grandes sensaciones en vuestras vidas. Algo tienen, o han tenido, que no os ha pasado desapercibido, sino que os impresionó, que os llamó mucho la atención de ellas o ellos ¿cierto?
 
Pues bien, por favor, ahora, analizad un poco ¿qué fue eso que os impactó y nunca habéis olvidado?, ¿qué valores se pueden desprender de ello?
 
¿De Gandhi?, ¿quizás el pacifismo?, ¿de Cristóbal Colón…, su tesón, su determinación?, de Albert Einstein, de Marie Curie, de Isaac Newton…,  ¿acaso su constancia en el estudio y el trabajo?, ¿Y de Jesucristo, o de Luther King…, su mensaje de liberación y amor?
 
¿Qué es lo que más valoráis de vuestros personajes elegidos?
 
Y aquí no tenéis que tener prisas, porque os estáis descubriendo a vosotras, a vosotros mismos. Esas cosas que valorasteis y seguramente seguís valorando de quienes habéis escrito… ¡son vuestros valores! Es lo que puede indicaros el camino de una vida con sentido. Si valoráis la paz, la determinación, el trabajo cabal que da frutos, la solidaridad, la lucha por la justicia… ¡esos son vuestros ¿para-qué?! Y van a ser, para toda vuestra vida, lo que os puede orientar ¡para hacer o dejar de hacer esto o lo de más allá! Para vivir sabiendo para qué habéis nacido, para qué estáis aquí, para qué estudiáis y por dónde ha de ir vuestro futuro.
 
Luego, cuando lleguéis a vuestra casa, volved a mirar esto que habéis escrito…, ordenad esos valores: primero lo que consideréis más valioso, luego lo segundo… Ordenad vuestra “escala de valores” ¿qué está antes?, ¿qué es menos importante? Así estaréis “definiendo” vuestra profunda personalidad; no para lo que os han educado, sino para lo que sentís la llamada vital.
 
Y, a continuación, preguntaos, sinceramente ¿cómo puedo yo llegar a ser esa persona que me gustaría ser, ese ser que yo ya admiro y me haría feliz tener dentro de mí? 
 
A lo mejor, hay cosas que tenéis que plantearos cambiar. O lo mismo no son tantas… ¡pero tenéis que saberlo! ¡¿Qué es lo que vais a hacer por lograr vuestra propia felicidad?!
 
Estaba don Adalberto con la frase en la boca cuando tocaron el timbre: era hora de finalizar la clase.
 
Bien, dijo, sólo dos palabras más: muchas gracias. Ha sido un placer haber impartido y compartido, esta clase de hoy, con un grupo tan estupendo de jóvenes capaces de alcanzar sus objetivos en la vida.
 
La clase, entera, de pié, volvió a aplaudir. El viejo profesor, ya emocionado, también se sentía muy feliz.
 

 

 

 

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(*) “Alicia en el País de las Maravillas”, famosa obra de Charles Lutwidge Dodson (conocido como Lewis Carroll).