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miércoles, 28 de febrero de 2018

OJALÁ SIEMPRE SALGA A LA LUZ LA VERDAD




El profesor don Luis Eugenio era muy buena persona... Además de impartir su materia de Lengua y Literatura Española, le gustaba preguntar a sus alumnos por cosas de la vida, y también por cómo les iba en otras asignaturas... Pues él que tenía vocación de educador más que de enseñante, entendía que era magnífica la oportunidad que tenía, cada curso, de ayudar a aquellos grupos de gente joven que ponían ante sus manos, a ser personas cabales, no sólo unos receptores de conocimientos. 



Así, descubrió la gran carencia y necesidad de aprendizaje de sus alumnos respecto a la asignatura de Inglés, y supo que su compañero Melendo, el profesor de dicha asignatura, utilizaba su hora de clase más que para enseñar el idioma de William Shakespeare, para desahogarse de sus problemas mentales o personales, y filosofaba largamente sobre el sentido de la vida, sobre la existencia de Dios o de posible vida en otros planetas... Todo muy interesante… para hablarlo en una tertulia en la cafetería o acaso en la Sala de Profesores; pero no para suplantar la materia que tocaba y en la que los alumnos esperaban ir avanzando. 



Entonces, don Luis Eugenio, sensible a la preocupación de sus discípulos, aprovechaba para aclararles muchas de sus dudas. Así, sin darse cuenta, aunque cada día sacaba su programa adelante, pero sus clases de Lengua Castellana y Literatura, se convertían prácticamente en Lengua Extranjera, en inglés. 

Los alumnos, que tenían muchas lagunas en la asignatura que debiera impartirles don Melendo, aprovechaban cualquier excusa para desviar el tema que, cada día, iniciaba en su clase don Luis, y le planteaban alguna que otra duda de Ingles, materia que, por alguna razón, despertaba más interés en los alumnos que el estudio su propia lengua materna... y sobre todo de la Literatura que apenas si dio tiempo de empezar a conocer a algunos autores.

Pero... el bueno de don Luis, no queriendo castigar a sus alumnos por un pecado que les era ajeno..., queriendo aprobar al mayor número posible de alumnos, les fue aprobando la Lengua Española con distintos trabajos para realizar en casa. Con respecto a la Literatura, una semana antes de los exámenes, les dijo que estudiaran a fondo a Luis de Góngora, que era el tema que iba a poner en el examen y que hicieran un resumen del personaje, que les dejó consultar mientras hacían el ejercicio... 

Aquel año, los alumnos aprobaron todos el Inglés y también Lengua y Literatura.

El Departamento de Lengua Extranjera no entendió cómo aquel curso había logrado aquel buen nivel de conocimientos en lengua inglesa...

Paralelamente, D. Luis Eugenio, al entregar las notas, se preguntó (para sí): ¿pero qué he hecho?, pues... mis alumnos no aprendieron mi materia; mientras que el irresponsable de don Melendo consiguió un buen nivel en su asignatura... sin haberlo trabajado.

Para él, el tema de la justicia era algo que lo vivía muy visceralmente; pero había ocasiones, como ésta, en las que se cuestionaba si estaba siendo justo con su alumnado y consigo mismo… Aunque, en lo más profundo de su corazón, albergaba la ilusión de que, en su clase, habría chicas y chicos (siquiera algunos) que sí se interesarían por la Lengua y la Literatura españolas.



Pero también es verdad que casi que le importaba menos su “materia” que el desarrollar ciertas actitudes éticas en el alumnado. Y esto lo demostraba más con gestos que con palabras, pero convencido de que sus actitudes quedarían grabadas en la mente de toda la juventud que pasara por sus aulas.

Aquí un ejemplo:

En torno a navidades, cada año, algunos editores le enviaban unos cheques como regalo, correspondientes a lo que ellos consideraban las comisiones por los libros que él había recomendado a sus alumnos. Él, con este dinero, lo que hacía era comprar material escolar, que luego regalaba a su discipulado; considerando que esa cantidad de dinero no era suya, sino de quienes habían pagado por los libros algo más de lo que deberían haber abonado.

Realmente era algo que a todos (tanto a las chicas como a los chicos) les gustaba y, aunque pudiera parecer que nadie percibía la importancia de aquel hermoso gesto, no era así. Un día, una de las alumnas, se puso de pie, se le acercó y le preguntó (ante la admirada y curiosa mirada de todas sus compañeras y compañeros) por qué hacía aquello.

Él, entonces, aprovechó, y dijo:
- Aprendí, desde pequeño, que hay que ser justo en lo mucho y en lo poco. Si yo no hice nada para recibir ese dinero, algo que ha representado un sacrificio para vuestros padres, no es justo que yo me quede con él.
- Vale –contestó la chica–, pero si ese dinero se lo regalan las editoriales es suyo… 
- Bueno… –continuó el profesor: en la vida lo importante es sentirse bien con lo que se hace. Y para acabar hoy la clase, os voy a contar algo que me sucedió, no hace mucho, pero que nunca he comentado aquí. Hoy creo que os ayudará a comprender mi actitud ante vosotros, que es la misma que me gusta tener ante cualquier circunstancia que me presenta la vida: 

El caso es que, como posiblemente ya sabéis, a mí me gusta escribir y, en una ocasión…

Presenté un trabajo literario a un concurso. Estaba muy satisfecho de mi novela, por tres razones: Porque me parecía que planteaba un tema de suma actualidad, como era el de ¿qué hacer con la gente violenta, con los criminales, con los guerrilleros... sin aplicar la pena de muerte? Y ello lo hacía a través de una historia tan inverosímil, tan original, que sabía que gustaría. Además el escrito me había salido con una fluidez y tan fácil de entender que yo esperaba... por lo menos un accésit.

Efectivamente mi novela fue seleccionada. Pero resultaba que otra persona había presentado a concurso otro trabajo práctica-mente igual. Era una verdadera copia de mi narración.

Después de mucho conversar, hasta discutir, el tribunal decidió llevarlo a un “careo”, para ver quién era realmente el padre de aquel trabajo.

Tenía que superar una prueba para demostrar que aquel escrito era mío.

La prueba consistió en que me dieron a leer un texto... y yo debía decir si era o no parte de mi escrito...

El caso es que llegó un momento en que hasta dudé, porque había muchas expresiones que eran mías: “en un mundo que rebosa, por todas partes, demasiadas realidades podridas”, “esta es  la hora de generar una alternativa decisiva para el destino de la persona humana... “, “ya no más desprecios a la vida...”

Pero luego, también había otras frases muy pesimistas y tan  desgarradoramente negativas que me hicieron ver que aquello no era mío. Yo no podía haber dicho nunca algo así como “hemos logrado la perfección del mal”, o “gente así mejor que no hubiese nacido nunca”.

- “No señores, lo siento, pero este texto que me están dando ustedes a leer es sólo una parodia de mi escrito” –fue lo que dije.

Al salir de la sala, vi a uno de mis alumnos, que estaba sentado en uno de los asientos de atrás. Luego hice por verlo y me lo encontré en uno de los pasillos. Tenía curiosidad de saber qué opinaba y le pregunté. Él fue contundente; me dijo así: “no, no es suyo ese escrito. Es negativo. El protagonista es un fullero... Eso no puede haberlo escrito usted.”

Efectivamente, la prueba había sido una especie de trampa..., en la que el otro supuesto autor cayó, pues lo reconoció como suyo; cuando en realidad había sido todo un amaño del tribunal sobre el original, precisamente para descubrir la verdad.



Así fue como, rodeada de polémica y apareciendo en los medios antes de ser publicada, mi obra “La Isla Podrida” consiguió el primer Premio de Novela “Europa de los Pueblos”.

En ese momento toda la clase se puso de pié y le aplaudió.

El profesor (algo emocionado) concluyó diciendo:

- Esto lo que hizo fue reafirmarme en mi convicción: la verdad siempre triunfa sobre la falsedad y el engaño. Y que no hay que temer a la gente tramposa, sino buscar la compañía de esas personas que saben ser sinceras, también consigo mismas. Muchas gracias por escucharme y ¡hasta la semana que viene!

Y sí, seguramente, el profesor acabó logrando que todo su alumnado (si bien sin llegar a conocer la vida y obra de muchos de los que bien supieron utilizar la lengua de Cervantes…) sí que guardaría un buen sabor del curso con don Luis Eugenio y hasta es posible que estuviera abierto a profundizar, algún día, en el conocimiento de su materia que, seguro, nunca sería odiosa para ellos.



Extraído de mi libro “ALGO MÁS (relatos alternativos)”