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miércoles, 25 de marzo de 2015

LA MUERTE COMO REALIDAD INAPELABLE

 

CUMPLIENDO DÍAS
  
A veces, tantas veces, la tragedia de la muerte se nos asoma… y hasta se nos mete en nuestras casas, en nuestras vidas.

Y empiezan los interrogantes: ¿por qué…?, ¿qué pasa después…?, ¿hay otra vida después de esta vida mortal y caduca?, ¿cómo es el más allá?





O, como hay quienes dicen (con mucha base científica) ¿la muerte realmente no existe…, pues somos energía y la energía nunca muere, sino que se transforma?

Vale, no lo discuto, tampoco tengo tantos conocimientos de física cuántica. Pero, bien, la realidad es que,  querámoslo o no, nos toca.

 
Morimos porque tenemos que morir, ya bien sea como consecuencia de un accidente, de una enfermedad, de que los años llegan a agotar a nuestro organismo y, simplemente, deja de funcionar…

Por eso, cada mañana, yo doy GRACIAS A LA VIDA: al abrir los ojos y ver…, caigo en la cuenta de que un día más ¡estoy vivo!


Yo así lo he aprehendido. Y así lo celebro cada jornada, no cada doce meses.

No, no son años los que cumplimos, sino días (lo decía tantas veces mi madre, que alcanzó los 36.713). Cada jornada es una prueba más superada… Cada ayer, es el último día de los vividos; cada hoy, el primero y el único del presente.

Son nada menos que las concreciones de las opciones que tomamos, cada día, confiando en cuanto nos espera al terminar esta vida pasajera, temporal, finita... fugaz y muy breve (si la comparamos con la eternidad) que ahora estamos viviendo aquí en la tierra. Para muchas personas, desde su aceptable consideración, nuestra vida en esta tierra no es sino como estar en una antesala, es como una preparación (más larga para unos, más breve para otros, tal vez más difícil o más dolorosa para algunos). Pero hemos de tener la certeza de que no hemos sido creados para quedarnos en esta antesala, sino para vivir, de verdad,  en otra Vida, que es eterna...

Una creencia reforzada desde muchas religiones. No hay que pensar en la muerte con temor: la muerte es un paso a un estado mejor..., mucho mejor que aquí.

La muerte no es tropezarnos con un paredón donde se acabó todo. Es más bien el paso a través de esa pared para vislumbrar, ver y vivir algo inimaginable.... La muerte es como la llegada al lugar de destino de un viaje por esta tierra llena de penalidades, en el que hemos estado preparándonos para llegar a esa Meta.

Y el mensaje clave es: que la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida.... La vida no termina nunca, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo... Así, la muerte debe ser esperada con alegría y deseo, no como una forma de huir de esta vida.

 
Si creemos que hay Vida después de esta existencia terrenal,  la muerte no es el fin, sino el comienzo de la Verdadera Vida.

Lo cual no significa que, pensando en un más allá feliz, nos olvidemos de vivir un más acá también feliz y gozoso. Ni tampoco dejemos de ser conscientes que, esta realidad, tiene los días contados (aunque nunca sepamos, de antemano, el resultado de esa “cuenta”).

Todos los seres vivos, nacemos, crecemos, nos reproducimos (o no) y morimos. La vida siempre sigue… repitiendo el ciclo; dejando atrás un pasado, abriéndose a otro futuro nuevo. Es la ley de la vida. No hay otra.

Pero hay veces, o hay gente que lo tiene por norma, que optamos por no pensar en la muerte; como que preferimos no pensar en ciertas cosas de difícil respuesta… y escondemos la cabeza debajo del ala (o la almohada) para seguir viviendo como Peter Pan (problema, por cierto, muy extendido en la sociedad actual, post-moderna y pos-industrial).

Pero, claro, cuando sucede una tragedia, de tan grandes dimensiones que ningún medio de comunicación deja de hacerlo presente, surgen esas preguntas, pendientes, sin respuesta: ¿por qué?, ¿a dónde vamos?, ¿qué sentido tiene lo que ahora hacemos?...

Son como aldabonazos que nos hacen caer en la cuenta de que, inapelablemente, todos nos vamos a morir algún día. Y es algo que sabemos, que nos podemos dar cuenta con solo hacernos una revisión médica, de vez en cuando, o al mirarnos al espejo y ver que envejecemos… aunque no queramos admitirlo.

Podemos huir, pretendiendo escapar yendo hacia adelante, queriendo no pensarlo, haciendo de la muerte un tema tabú (del que no se habla nunca y hasta se quiere ocultar a los niños), hasta que muere un ser querido o nos tenemos que enfrentar ante una de esas noticias que hacen mella hasta en los corazones más insensibles.
 
A mí, más que tener miedo a la muerte, lo que en realidad me “preocupa” (y me apenaría mucho) es el que me llegue la muerte sin haber vivido lo que debiera; sin haber hecho lo que debiera, sin haber realizado, a cabalidad, mi misión en el mundo.

Porque:

Primero: creo que todos los humanos venimos al mundo con una misión que cumplir. Y esa, que es nuestra tarea principal, pues si no la realizamos, quedará pendiente…, ya que nadie puede hacer lo que corresponde a otra persona.
Y también, segundo: que estamos aquí, en estos años de existencia en la Tierra, para ser felices…, de la manera que lo entendamos.

Yo creo que es importante tomar conciencia de que todos morimos; aunque ello no tiene que significar que nuestra vida termina, incluso son trascender a un más allá; pues siempre seguimos, de alguna manera, aquí en este mundo, presentes en el corazón y la vida de quienes nos siguen.
Y es, así, como podemos darnos cuenta de qué es lo realmente importante en esta vida: valorar las relaciones familiares, de amistad, de compartir en comunidad…
 
A alguien escuche una vez que, cuando nos hayamos ido, la gente sólo  recordará la música que hayamos dejado... Por eso, quizá, es clave que nos hagamos, con el corazón en la mano, la pregunta: ¿de qué melodía estamos llenando el mundo?
El día que yo me marche para “el otro barrio”, no quiero, de verdad, ver muchos llantos ni lamentos (estaré, muy posiblemente con los ojos cerrados y sin gafas, pero no me gusta ver gente penando). ¡Que disfrute de la vida todo el mundo!, que yo creo que es lo mejor y único de verdadera valor que poseemos y me gustaría que quienes me han conocido, sepan conmigo, siempre, dar gracias a la Vida.
 
 
En realidad no importa lo larga o corta que haya sido una existencia terrenal. Lo auténticamente cierto es que una vida nunca se pierde cuando hay quienes la recuerdan.

Ojalá que nuestras vidas dejen siempre buenos recuerdos. Y yo, por mi mismo lo digo: ojalá que mi vida sea recordada en bien.

 
Y en mi posible epitafio, confío en que aparezcan escritas cosas como:
Aquí yacen algunos restos de JOSÉ-MARÍA FEDRIANI MARTÍN, una persona que vivió honrando la Vida. Soñó, pero también vivió. Siempre fue un buscador. A veces se equivocó...,  pero siguió buscando. Gozó, lloró, tuvo miedos, también mucha confianza. Tuvo problemas, pero no se dejó derrotar; parecía incombustible. Fue muy humano, aunque no siempre fue comprendido. Fue una persona generosa. Y disfrutó entregándose, en cuerpo y alma, por su familia y por sus amigas y amigos; a veces hasta por los más desconocidos de la tierra..., porque siempre creyó que el mundo es una inmensa Comunidad, donde todos los seres humanos somos como una gran Familia. Sintió que en su vida tenía una Misión por desarrollar y estuvo dedicado a ello tanto tiempo... que, a veces, no tuvo espacios ni tiempo para otras muchas cosas. Buscó y optó por vivir “en familia”; pero, sobre todo, buscó y optó por vivir “en amistad”.

Le gustó y adoró la Vida y la Naturaleza. Desde el mar hasta el color y el olor de la flores. Le hubiera gustado hacer otras ¡tantas cosas!, pero tuvo que optar y renunció a ellas. Pero lo hizo con alegría y Esperanza.
Gracias, compañero y amigo, Reyes. Gracias, papá, por tu amor y amistad. Gracias, abuelito, por tus juegos, tus bromas y tus cuentos.

 
Y esto que sea, en algún lugar de la Tierra, me da igual el sitio… pero que sea (por favor, es mi último deseo), si es posible, en el otoño de 2058.