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martes, 17 de julio de 2018

CON VALENTÍA O...


CON MALA SUERTE

A veces… escuchamos o hasta decimos “esta persona ha tenido mala suerte en la vida”. Y ¡ya está! Nadie es culpable de cómo le fue o le van las cosas. Todo el problema es ¡la suerte! Porque nació en tal familia, en determinadas circunstancias o de cierta condición…  



Pero ¿y por qué alguien que llegó a la vida en circunstancias muy parecidas o hasta aún más drásticas salen para adelante y logran superar todas las circunstancias adversas, hasta alcanzar una vida digna y afortunada?



Quizás, seguramente, es que nuestras vidas tienen mucho de OPCIÓN. Y quienes se conforman con no luchar, quienes tienen miedo a arrostrar su realidad, a salir de su jaula o de su armario, a pelear por lo que desearían… ¡jamás verán la sonrisa de  la fortuna, el brillo de su estrella!  


Para ser felices, para disfrutar la vida, para tener el gozo de existir ¡es necesario (imprescindible) OPTAR POR SER!

Ser quien se es, por encima de todo. Trabajar por demostrar al mundo (sin miedo) que estamos en la vida ¡para ser quienes somos!, ¡cómo somos!


Ojalá sepamos hacerlo, cada día. Amén.


domingo, 10 de junio de 2018

SENTIRES...


DE  AMORES 
Y  ODIOS…

Amar (de verdad) es estar siempre dispuesto a dar más de que se recibe. Cuestión no siempre fácil… pues, ¡en tantas ocasiones!, de nuestros gestos de amor, de nuestra entrega (aún desinteresada) esperamos la recompensa de una respuesta amable.

Amar es una necesidad humana, pero también (desde lo más adentro de nuestro ser) todos demandamos el sentirnos amados.


Pero ¿es fácil? ¿O toda experiencia de amor puede ir acompañada (igual que le pasa a las rosas) de espinas, de dolor, de sufrimiento?

Cuando una persona que amamos actúa de manera muy diferente de cómo lo esperábamos de ella, nos despierta un cierto sentimiento de rechazo, de animosidad, acaso de rabia.


En esas circunstancias, en determinados momentos al menos, esa persona nos puede resultar “odiosa”. Lo cual no quiere decir que no la amamos.

La actuación contraria a nuestro pensamiento de mucha gente que no conocemos, no nos produce ningún sentimiento de repulsión, pues no son nadie en nuestra vida. 

Es a partir de que nuestro corazón está lleno de amor y esperanza, respecto de alguna persona…, cuando nos hace despertar ese sentimiento de aborrecimiento, de odio.


Si a quien más hemos dedicado nuestra atención, a quien más hemos estado amando y atendiendo, a quien le hemos querido dar los mejores ejemplos, esperando que aprenda de ellos, que llegara a ser como nos gustaría que fuese… ¡porque hemos soñado con que llegaría a ser esa persona maravillosa que nos hemos imaginado que podría llegar a ser!, pero… pasa el tiempo y no nos responde, y no actúa como a nosotros nos hubiese gustado ¿qué puede pasar por nuestra mente, qué sentimiento puede surgir en nuestro corazón?

Seguramente por eso, el conocido adagio “del amor al odio hay solo un paso” nos testifica que es una realidad global.


Y aquí mi pregunta: ¿y del odio al amor…, también sólo nos separa un paso?




lunes, 12 de marzo de 2018

A GABRIEL



ABATIMIENTO

Cuando un niño muere
por una causa injusta…
el mundo se revela
y hasta grita con angustiada rabia
lo que es incomprensible
y nunca permitido.




Siempre que alguien muere
de un modo inesperado
podemos preguntarnos
¿por qué… sucede esto?
A veces comprendemos
los fiascos o desaires que,
sin anhelarlos, nos depara la vida.

Otras veces, yo pienso que es imposible
encontrar razón alguna para aceptar
las ciertas impiedades que
la cruda realidad nos pone por delante.
No hay respuesta lógica,
aceptable a la razón:
que un crío muera por causas naturales
(acaso una grave enfermedad) es difícil
de entender ¡qué cruel parece,
a veces, la vida
en esta Tierra de entidad mortal!




Pero lo más intolerable, jamás comprensible,
que alguien quite la vida 
a quien la disfruta en flor,
por celos, por manías, tal vez  recelos,
o puro fanatismo… ¡locura atropellada!
La gente que es malvada,
injusta, canalla, indeseable,
que causa estas maldades
¿por qué?, ¿para qué?

Quien no merece ni la consideración
de ser humano, ni de persona;
quien es peor que una bestia animal…
¿acaso ha de tener derecho
a ningún perdón, a alguna consideración?
Hasta sería injusto no reprochar
a esta gentuza su malvado proceder.




Gabriel pide justicia.
No es posible dejar (seguir dejando)
que esto que concebimos
como un mundo “civilizado”
sea lugar perverso
donde se sigan cometiendo,
hasta impunemente, tremendos
atropellos tan ajenos a cualquiera razón.
Él no es nada culpable de haber soñado
con futuros llenos de paz y amor.




Y, desde luego, digno es
que no olvidemos:
que Gabriel ¡nos quede en la memoria!
y que bien comprendamos
que toda criatura que sufre
algún maltrato, siempre injusto,
lo que merece es un abrazo
cálido y solidario
por parte de alguien…
¡de toda persona que en su pecho
albergue un corazón.

                      


miércoles, 28 de febrero de 2018

OJALÁ SIEMPRE SALGA A LA LUZ LA VERDAD




El profesor don Luis Eugenio era muy buena persona... Además de impartir su materia de Lengua y Literatura Española, le gustaba preguntar a sus alumnos por cosas de la vida, y también por cómo les iba en otras asignaturas... Pues él que tenía vocación de educador más que de enseñante, entendía que era magnífica la oportunidad que tenía, cada curso, de ayudar a aquellos grupos de gente joven que ponían ante sus manos, a ser personas cabales, no sólo unos receptores de conocimientos. 



Así, descubrió la gran carencia y necesidad de aprendizaje de sus alumnos respecto a la asignatura de Inglés, y supo que su compañero Melendo, el profesor de dicha asignatura, utilizaba su hora de clase más que para enseñar el idioma de William Shakespeare, para desahogarse de sus problemas mentales o personales, y filosofaba largamente sobre el sentido de la vida, sobre la existencia de Dios o de posible vida en otros planetas... Todo muy interesante… para hablarlo en una tertulia en la cafetería o acaso en la Sala de Profesores; pero no para suplantar la materia que tocaba y en la que los alumnos esperaban ir avanzando. 



Entonces, don Luis Eugenio, sensible a la preocupación de sus discípulos, aprovechaba para aclararles muchas de sus dudas. Así, sin darse cuenta, aunque cada día sacaba su programa adelante, pero sus clases de Lengua Castellana y Literatura, se convertían prácticamente en Lengua Extranjera, en inglés. 

Los alumnos, que tenían muchas lagunas en la asignatura que debiera impartirles don Melendo, aprovechaban cualquier excusa para desviar el tema que, cada día, iniciaba en su clase don Luis, y le planteaban alguna que otra duda de Ingles, materia que, por alguna razón, despertaba más interés en los alumnos que el estudio su propia lengua materna... y sobre todo de la Literatura que apenas si dio tiempo de empezar a conocer a algunos autores.

Pero... el bueno de don Luis, no queriendo castigar a sus alumnos por un pecado que les era ajeno..., queriendo aprobar al mayor número posible de alumnos, les fue aprobando la Lengua Española con distintos trabajos para realizar en casa. Con respecto a la Literatura, una semana antes de los exámenes, les dijo que estudiaran a fondo a Luis de Góngora, que era el tema que iba a poner en el examen y que hicieran un resumen del personaje, que les dejó consultar mientras hacían el ejercicio... 

Aquel año, los alumnos aprobaron todos el Inglés y también Lengua y Literatura.

El Departamento de Lengua Extranjera no entendió cómo aquel curso había logrado aquel buen nivel de conocimientos en lengua inglesa...

Paralelamente, D. Luis Eugenio, al entregar las notas, se preguntó (para sí): ¿pero qué he hecho?, pues... mis alumnos no aprendieron mi materia; mientras que el irresponsable de don Melendo consiguió un buen nivel en su asignatura... sin haberlo trabajado.

Para él, el tema de la justicia era algo que lo vivía muy visceralmente; pero había ocasiones, como ésta, en las que se cuestionaba si estaba siendo justo con su alumnado y consigo mismo… Aunque, en lo más profundo de su corazón, albergaba la ilusión de que, en su clase, habría chicas y chicos (siquiera algunos) que sí se interesarían por la Lengua y la Literatura españolas.



Pero también es verdad que casi que le importaba menos su “materia” que el desarrollar ciertas actitudes éticas en el alumnado. Y esto lo demostraba más con gestos que con palabras, pero convencido de que sus actitudes quedarían grabadas en la mente de toda la juventud que pasara por sus aulas.

Aquí un ejemplo:

En torno a navidades, cada año, algunos editores le enviaban unos cheques como regalo, correspondientes a lo que ellos consideraban las comisiones por los libros que él había recomendado a sus alumnos. Él, con este dinero, lo que hacía era comprar material escolar, que luego regalaba a su discipulado; considerando que esa cantidad de dinero no era suya, sino de quienes habían pagado por los libros algo más de lo que deberían haber abonado.

Realmente era algo que a todos (tanto a las chicas como a los chicos) les gustaba y, aunque pudiera parecer que nadie percibía la importancia de aquel hermoso gesto, no era así. Un día, una de las alumnas, se puso de pie, se le acercó y le preguntó (ante la admirada y curiosa mirada de todas sus compañeras y compañeros) por qué hacía aquello.

Él, entonces, aprovechó, y dijo:
- Aprendí, desde pequeño, que hay que ser justo en lo mucho y en lo poco. Si yo no hice nada para recibir ese dinero, algo que ha representado un sacrificio para vuestros padres, no es justo que yo me quede con él.
- Vale –contestó la chica–, pero si ese dinero se lo regalan las editoriales es suyo… 
- Bueno… –continuó el profesor: en la vida lo importante es sentirse bien con lo que se hace. Y para acabar hoy la clase, os voy a contar algo que me sucedió, no hace mucho, pero que nunca he comentado aquí. Hoy creo que os ayudará a comprender mi actitud ante vosotros, que es la misma que me gusta tener ante cualquier circunstancia que me presenta la vida: 

El caso es que, como posiblemente ya sabéis, a mí me gusta escribir y, en una ocasión…

Presenté un trabajo literario a un concurso. Estaba muy satisfecho de mi novela, por tres razones: Porque me parecía que planteaba un tema de suma actualidad, como era el de ¿qué hacer con la gente violenta, con los criminales, con los guerrilleros... sin aplicar la pena de muerte? Y ello lo hacía a través de una historia tan inverosímil, tan original, que sabía que gustaría. Además el escrito me había salido con una fluidez y tan fácil de entender que yo esperaba... por lo menos un accésit.

Efectivamente mi novela fue seleccionada. Pero resultaba que otra persona había presentado a concurso otro trabajo práctica-mente igual. Era una verdadera copia de mi narración.

Después de mucho conversar, hasta discutir, el tribunal decidió llevarlo a un “careo”, para ver quién era realmente el padre de aquel trabajo.

Tenía que superar una prueba para demostrar que aquel escrito era mío.

La prueba consistió en que me dieron a leer un texto... y yo debía decir si era o no parte de mi escrito...

El caso es que llegó un momento en que hasta dudé, porque había muchas expresiones que eran mías: “en un mundo que rebosa, por todas partes, demasiadas realidades podridas”, “esta es  la hora de generar una alternativa decisiva para el destino de la persona humana... “, “ya no más desprecios a la vida...”

Pero luego, también había otras frases muy pesimistas y tan  desgarradoramente negativas que me hicieron ver que aquello no era mío. Yo no podía haber dicho nunca algo así como “hemos logrado la perfección del mal”, o “gente así mejor que no hubiese nacido nunca”.

- “No señores, lo siento, pero este texto que me están dando ustedes a leer es sólo una parodia de mi escrito” –fue lo que dije.

Al salir de la sala, vi a uno de mis alumnos, que estaba sentado en uno de los asientos de atrás. Luego hice por verlo y me lo encontré en uno de los pasillos. Tenía curiosidad de saber qué opinaba y le pregunté. Él fue contundente; me dijo así: “no, no es suyo ese escrito. Es negativo. El protagonista es un fullero... Eso no puede haberlo escrito usted.”

Efectivamente, la prueba había sido una especie de trampa..., en la que el otro supuesto autor cayó, pues lo reconoció como suyo; cuando en realidad había sido todo un amaño del tribunal sobre el original, precisamente para descubrir la verdad.



Así fue como, rodeada de polémica y apareciendo en los medios antes de ser publicada, mi obra “La Isla Podrida” consiguió el primer Premio de Novela “Europa de los Pueblos”.

En ese momento toda la clase se puso de pié y le aplaudió.

El profesor (algo emocionado) concluyó diciendo:

- Esto lo que hizo fue reafirmarme en mi convicción: la verdad siempre triunfa sobre la falsedad y el engaño. Y que no hay que temer a la gente tramposa, sino buscar la compañía de esas personas que saben ser sinceras, también consigo mismas. Muchas gracias por escucharme y ¡hasta la semana que viene!

Y sí, seguramente, el profesor acabó logrando que todo su alumnado (si bien sin llegar a conocer la vida y obra de muchos de los que bien supieron utilizar la lengua de Cervantes…) sí que guardaría un buen sabor del curso con don Luis Eugenio y hasta es posible que estuviera abierto a profundizar, algún día, en el conocimiento de su materia que, seguro, nunca sería odiosa para ellos.



Extraído de mi libro “ALGO MÁS (relatos alternativos)”

jueves, 28 de diciembre de 2017

ES... ASÍ.

                   
        RECETA 
            DE  FELICIDAD

Para ser feliz
hay que saber lo que se quiere
en la vida.
Para saber lo que se quiere
lograr en la vida,
hay que buscarlo.

 

Para buscarlo acertadamente,
hay que hacerlo
con decisión y entrega.
Hay que quererlo.
Con tesón.
Para ello, lo primero es tener
mucha ilusión.
Y tener la gallardía
y el coraje
necesarios
para abandonar el desencanto,
la apatía, la loca nimiedad
de renunciar...
antes de empezar.



Para ser feliz hay
que arriesgar la vida;
que es lo mismo
que amarla mucho.
  


(del libro de poemas ADN)


sábado, 16 de diciembre de 2017

OPINANDO...


JUSTO  Y  RAZONABLE

Una mentira repetida mil veces…


No son presos políticos; son gente inmoral que ha utilizado la política para beneficiarse de ella, para otras cosas muy diferentes a las que se debieran haber dedicado (enriqueciéndose unas veces, haciendo lo que les da la gana otras, buscando otros intereses que no son el bien de la sociedad a la que debieran servir). Tantas veces lejos de lo permitido por la ley.


Pero después de escuchar mil veces que son “presos políticos”, acabaremos creyéndonoslo (o por lo menos dudando de si nuestra opinión es o no la más razonable). En un estado democrático (con todos los fallos que puede tener, que no son pocos), pienso que es la ley la base de la convivencia. Esa es la “regla del juego”.  Y no podemos funcionar como si estuviésemos en un estado anárquico o dictatorial.

Si hemos elegido una Constitución (aunque se da el caso de que, por cierto, yo no la pude votar), hemos de respetarla. Fue aprobada por la mayoría de la ciudadanía, por ¡el pueblo español! Y. mientras no la cambiemos, es la que hay.


Se puede estar en contra de ciertos artículos, se puede estar en contra de todo lo establecido por las leyes y nuestra Constitución; se puede estar, incluso, en contra de los estados. Es razonable, en realidad yo también lo pienso; pues es muy cuestionable si es, acaso, lógico, distribuir el mundo en países, con fronteras casi siempre ficticias, generadas por acuerdos, después de unas guerras o unas negociaciones económicas.


Pero es absurdo, en pleno siglo XXI, querer dividir, cuando lo lógico, lo razonable sería ir a buscar unidades más grande, suprimir murallas, establecer puentes, avanzar en un mundo ¡sin fronteras!…

De todos modos, es muy admisible que cada quien piense como piensa. Lo que no se puede permitir es que la sinrazón se imponga.

Vivir en sociedad requiere unas “normas de convivencia”. Y, en nuestro estado de derecho, las cosas son como son (porque así las hemos acordado, así las hemos querido).

Ciertamente lo justo y lo razonable no siempre coinciden. Lo lógico y lo legal tampoco.


Pero…

Yendo a lo práctico:

La tentación de caer en la intransigencia, nos puede llevar a pensar (a base de “mentirnos” a nosotros mismos) que sólo unos cuantos tenemos la razón.  


Y, si bien es verdad que siempre hay que ser intransigente con los intransigentes, es peligroso creernos siempre los dueños de la absoluta verdad. Lo cual puede ser falso, no ser verdad. Porque, aunque “nuestra verdad” sea la auténtica verdad, según nuestros propios criterios, esa verdad puede no ser aceptada (ni mínimamente) por quienes tienen otros criterios para seguir sus vidas.




¿Justo y razonable? Es la cuestión…

sábado, 25 de noviembre de 2017

DERECHO A SER


EL NECESARIO RESPETO 
A LA DIGNIDAD 
DE TODA PERSONA HUMANA

El respeto es uno de los valores morales más importantes del ser humano, pues es fundamental para lograr una armoniosa interacción social.  Es un sentimiento positivo que se refiere a la acción de respetar; es equivalente a tener veneración, aprecio y reconocimiento por una persona o cosa.



La palabra proviene del latín “respectus”, que se traduce por “atención”, “consideración”. Podríamos decir, pues, que tiene mucho que ver con el “reconocimiento positivo”.

Una premisa importante sobre el respeto es que para ser respetado es necesario saber o aprender a respetar, a comprender a la otra persona, a valorar sus valores, sus intereses y necesidades.

En este sentido, el respeto debe ser mutuo, y nacer de un sentimiento de reciprocidad. Por esto, respetar también nos lleva a ser tolerantes con quienes piensan de otra manera, son diferentes o hasta deciden actuar de forma acaso extravagante para diferenciarse.

El respeto a la diversidad de ideas, opiniones y maneras de ser es un valor supremo en las sociedades modernas que aspiran a ser justas y a garantizar una sana convivencia.

La palabra dignidad proviene del vocablo latino “dignitas” y del adjetivo “dignus”, que significa “valioso”, con honor, merecedor. La dignidad es la cualidad de digno e indica, por tanto, que alguien es merecedor de algo o que una cosa posee un nivel de calidad aceptable.


La dignidad humana es un valor o un derecho inviolable e intangible de la persona, es un derecho fundamental y es el valor inherente al ser humano porque es un ser racional que posee libertad y es capaz de crear cosas.

Se basa siempre en el respeto y la estima que una persona tiene de sí misma y es merecedora de ese respeto por otros porque todos merecemos respeto sin importar cómo somos. Cuando reconocemos las diferencias de cada persona y toleramos esas diferencias, la persona puede sentirse digna, con honor y libre.

Hoy en día se habla mucho (pareciera que realmente nos preocupa) sobre la “violencia de género”, sobre el “maltrato machista a las mujeres”, etc.


Y habría que preguntarse ¿qué de machismo hay en actitudes de muchos varones-machitos que lo que buscan es su bienestar, su comodidad y en el fondo lo que son es unos egocéntricos (ciertamente egoístas) que se creen los reyes del mundo y piensan que “sus” mujeres sólo están para servirlos?


Pero y ellas ¿por qué se dejan tratar-maltratar? ¿Qué concepto de sí mismas tienen?, ¿se respetan verdaderamente cuando se dejan “manipular” por “sus” hombres?

Las relaciones hombre-mujer tienen que ser como en política (sin mayoría absoluta): se necesita el consenso. Si admitimos que “el poder” esté sólo en manos de una parte, siempre existirá el peligro de gobernar tiránicamente… Suele suceder que quien alcanza el poder se “apodera” de todo lo que “puede”.


A veces se empieza por la manera de hablar: el marido dirá “mi mujer”; la esposa (¿esposada?) dirá “el cabeza de familia”. Sí, hemos de tener mucho cuidado con el uso del posesivo “mi”. O… ¿qué os parece?   

Quizás si aprendiésemos a respetarnos unos a otros, siempre, dándonos el valor que tiene nuestra propia persona y considerando que todo el mundo tiene nuestra misma dignidad, como ser humano que es… ¡la clave de una sociedad civilizada!

 

Pero la dignidad, ese sentimiento que hace que cada persona se considere valiosa, sin importar su vida material o social, es una cualidad propia de la condición de persona y que cada ser humano tiene, más allá de cualquier circunstancia. Pero no podemos renunciar (por nada, ni siquiera por amor) a que se nos valore y respete tal cual somos.  



El necesario respeto a todo ser humano consiste en reconocer que cada mujer, cada hombre, cada anciano, cada niño… es alguien que merece un auténtico respeto, por el solo hecho de ser persona.

Ahí está nuestra dignidad: Todos, hombres y mujeres ¡tenemos derecho y obligación a SER!