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martes, 16 de enero de 2024

BUSCANDO RAZONES PARA LA VIDA

                  
    LA FUENTE QUE

   NO TENÍA AGUA

Había una indicación (vieja indicación de décadas pasadas, que algún edil decidió colocar allí, para facilitar la localización de aquella maravilla natural) que decía: “Fuente de agua saludable”.

Y, desde hacía mucho tiempo, una ingente cantidad de vecinos de la localidad y de las cercanías de la zona, había ido hasta allí, con cántaros tinajas primero, luego con cantimploras, damajuanas, garrafas; por fin con bidones de aluminio o plástico...

La fuente había servido, también, casi por un siglo, de lugar de encuentro y convivencia de lugareños y gente de la comarca. Podría señalarse que hasta había parejas que allá se habían consolidado como familia, junto al caño de agua fresca de la “Fuente de agua saludable”.

Aunque llegó un momento en que, aquel manantial, se fue agotando y la fuente ya apenas daba agua, sólo algún rato al despuntar el alba; hasta que, por fin, dejó totalmente de dar agua.

Pero la gente, como si nada, siguiendo la fuerza de la costumbre, siguió yendo a ella, cada día, con sus envases vacíos... esperando esa agua que nunca llegaba...

Algo cambió, la cosa pasó a ser diferente: ahora los más jóvenes ya no iban por agua a la fuente. Aunque, fundamentalmente, tampoco se notaba mucho, pues las personas mayores sí que seguían..., como esperando un milagro; o quizás seguían haciendo lo mismo por no romper su rutina acostumbrada de ir a la fuente, diariamente.

Una mañana, Carmina, una mujer que, cada día, iba con su madre a la fuente, le dijo a su hija:

- Oye, Emili, hoy la abuela no se encuentra con ánimo... ¿por qué no me acompañas tú a la fuente?

A lo que la chica contestó:

- Pero mamá ¿qué sentido tiene ir a la fuente, si ya hace meses que ahí no cae una gota de agua?

- Mira, tú no lo entiendes, pero es una costumbre y todo el mundo espera que vayamos los demás, para vernos, charlar, comentar cosas, intercambiar opiniones...

- Vale, pero si me aburro me vuelvo ¿eh?

- Vale...

Por el camino, madre e hija fueron conversando sobre algunas cosas, relacionadas con el sentido de las costumbres y también sobre las razones por las que vivir. La verdad es que aquel rato les resultó enriquecedor a las dos mujeres, que no siempre habían hablado de otras cosas que no fuesen las cosas y menesteres de la vida cotidiana.

Al llegar a la fuente, al parecer tan absurdamente para la joven Emilia, allí había unas veinte personas que, de pie o sentadas, reunidas en varios corros, charlaban amigablemente, mientras sostenían, muchas de ellas, su recipiente, más o menos grande.

A chica casi le dieron ganas de reír; pero, quizá por la inevitable sorpresa, más bien no pudo hacerlo. Era increíble ¿cómo podía ser verdad aquello que veían sus ojos?

Luego, junto a su madre, se incorporó a uno de los círculos de gente y también acompañó a los saludos que hacía su madre. No pudo atender la conversación que no le interesaba, pero sí que tuvo su mente activa y ocupada. Y hasta llegó a algunas conclusiones, como:

 -        Aquella gente le gustaba ir allí. No hacían ningún mal a nadie y era bien barato.

-        Además, se sentían con el deber moral de ir, pues había otras personas que contaban con la asistencia de cada una y cada uno de ellas o ellos.

-        Era absurdo plantearles que lo que hacían no tenía sentido.

-        Porque, además, ella estaba viendo que, para ellas y ellos, sí que tenía sentido.

-        Pero, además, y ya pensando en su realidad personal y en la de tantos otros jóvenes del pueblo, aquella podía ser... ¡era una oportunidad! para ella y otros...:

Sí, la “costumbre” había creado un espacio de concentración excelente ¿por qué no aprovechar aquello...?, como ¿para qué?

Ya por el camino de regreso a casa y luego en casa, mientras colaboraba en los quehaceres domésticos, y después de comer, no dejó de darle vueltas a su cabeza..., hasta que, al final (como suele suceder cuando se piensa) llegó la luz: ¡lo tenía! Siempre había pensado, se había dicho a sí misma, que no quería quedarse toda la vida haciendo las cuatro mismas cosas que hacía todos los días, como recoger fruta para luego preparar las mermeladas, barrer y fregar el piso de la casa, hacer las camas o lavar y planchar..., esperando que le callera del cielo una estrella...


Aquella misma tarde-noche, Emilia, asumiendo el liderazgo del grupo (que, desde luego tenía), convocó a sus tres mejores amigas: Estefanía, Nicia y Nadia, y también a su amigo Juan Diego.

Les hizo pasar al cuarto del fondo de la casa, les invitó a que se pusieran cómodos y les dijo:

- Esta mañana estuve en la fuente.

- Y ¿qué hacías allí?, se apresuró a preguntarle Juan Diego.

- Pues...

- No,  mejor dinos..., no nos habrás llamado para decirnos... (añadió Nadia).

- Sí, esa es la razón.

- Bueno, pues entonces, como ha dicho Juan ¿qué hacías allí?

- Pues la verdad es que sorprenderme.

- Si no te explicas mejor...

                

Y mostrando seguridad en lo que decía, con voz clara se dirigió a sus amigos con estas palabras:

- Mirad: tanto Estefanía como Juan Diego os pasáis la vida en la granja y la huerta de vuestros padres... ¿haciendo qué? No me digáis que os ilusiona coger y clasificar huevos o sembrar papas o recoger lechugas...

- Pues la verdad es que no, dijo Estefanía.

- No, no, desde luego, añadió Juan Diego.

Luego, dirigiéndose a su segunda amiga:

- Y tú, Nicia, ¿te hace mucha ilusión estar ahí con tu madre en la tienda, todo el día, esperando que llegue alguien a comprar... un bote de miel, o mermelada, o media docena de tortas de aceite...?

- Bueno (contestó) pero... es que e si no ¿que voy a hacer? Así por lo menos me distraigo un poco y charlo con la gente...; no es mucha la que llega, pero ¿y si no?

- OK, vale. Y... (poniendo su mirada en la última del grupo), dime Nadia: llevas años haciendo cremitas con áloe vera; pero, aparte de vendérnosla a las amigas y, una vez al año ir a la feria de Puebloblanco o poner tu chiringuito en la plaza de San Juan en la semana cultural... ¿qué?

- Nada, hija, esperar ¡que venga un príncipe azul que me entregue su amor y me lleve en su blanco corcel hasta su castillo..., dónde haya muchas perdices y seamos muy muy felices!

- Ja, ja, ja (rieron en grupo).

Continuó:

- Y yo, ¿sabéis lo que yo, Emilia López Menacho, hago cada día? Pues ayudarle a mi madre y a mi abuela a hacer las mermeladas que luego levamos a la madre de Estefanía y a unas pocas tiendas más de la comarca. Y punto.

- Vale (respondió impulsivamente Nicia). El panorama es muy triste... Y ¿qué nos quieres decir con todo esto?

- Pues que, si seguimos haciendo siempre lo mismo, los resultados serán muy posiblemente los mismos.

- A ver, explícate (dijo entonces Juan Diego).

- Pues es muy fácil, casi una perogrullada: si siempre hacemos lo que hemos hecho y como lo hemos hecho siempre, siempre obtendremos lo que siempre hemos obtenido, y de la misma manera. Ni siquiera del mago de Aladino hace “sus milagros”...,  si no hay nadie que, previamente, ¡frote bien su lámpara!

Todos se quedaron callados. Con ese tan acertado comentario, sí que les había dejado boquiabiertos.

Y, rompiendo el silencio, continuó:

- Pero es que esto nos implica tanto..., que será lo que hará que podamos ser felices o desgraciados; porque de lo más importante en la vida es conseguir lo que queremos y ello es lo que nos llevará a disfrutarlo, a hacer de la vida una fiesta.

- Eso que dices es muy bonito, amiga (le dijo Estefanía); pero ¿qué garantía podemos tener de que vamos a acertar y vamos a ser felices haciendo eso que queremos?, porque también nos podemos equivocar ¿no?

- Claro: si cuanto haces no te llena de felicidad, mejor déjalo y dedícate a ora cosa;  pero nunca sabrás si te equivocas si no haces nada; esa sí que es una equivocación.

- Vale, entiendo.

- Estupendo. Pues, después de esto, os comento lo que he pensado. Mi propuesta es la siguiente: Organizarnos, crear una especie de cooperativa entre los cinco, abierta a más gente..., si el invento funciona.

- ¿Una cooperativa?, ¿para qué? (preguntó Nadia).

- Pues para ofrecer, daos cuenta, que el mercado ya lo tenemos puesto...

- ¿El mercado?, ¿qué mercado?

- Sí, perdonadme si no os he aclarado: estoy pensando en todo el personal que diariamente acude a la Fuente de agua saludable a encontrarse..., pero donde no hay nada.

Y es ahí donde yo he pensado que podríamos acudir; no a por agua que no hay, sino a ofrecer: si queréis agua embotellada, pero también frutas y verduras de la huerta, huevos de gallina recién puestos, cremas de áloe, miel y mermeladas...

La fuente es un lugar de encuentro, ideal para ofrecer ¡todo lo que tenemos!

Si vemos que esto marcha, podemos ir incluyendo otras cosas y otros servicios, que todos conocemos a más gente joven preparada para peluquería, para dar masajes, para crear regalos artesanos de madera o cerámica, para hacer retratos al natural, etcétera, etcétera.

- Oye, esto es muy lindo (dijo Nadia).

- ¡Qué buena idea!, añadió Estefanía.

- Pues yo no lo veo claro, increpó Juan Diego.

- ¿Qué es lo que no ves claro?, repuso Estefanía.

Así estuvieron, charlando, debatiendo, viendo pros y contras, hasta la madrugada.

Por fin llegó un momento en que Emilia dijo:

- Bueno, creo que ya estamos embotados ¿qué os parece si nos vamos a la cama... y, con la ayuda de la almohada, reposamos todas estas ideas?

- De acuerdo, dijo alguien.

- De acuerdo, repitieron los demás.

- Hasta mañana, chicos, gracias por venir, escuchar y aportar...

- ¡Gracias a ti, amiga!

Al día siguiente, y al siguiente del siguiente, y a los otros que vinieron detrás, no les faltó su afán. Estaban empeñados en hacerlo bien, y les tocó ir dando pasos necesarios e importantes. Era mucho el trabajo, las gestiones que hacer, las oficinas a las que tuvieron que ir, para resolver papeleos y permisos... Pero el trabajo unido a la ilusión es siempre satisfactorio. Los cinco jóvenes estaban muy entregados a su proyecto y toda la dedicación, era una aventura única que les llenaba de gozo con sentido.

Era fundamental el carácter y la visión de Emilia. Ella tenía unos valores o aptitudes muy válidas para esta tarea, era indiscutible:

Emilia tenía madera de líder, sabía enfocase en cambiar lo cambiable, no gastaba su energía quejándose por las circunstancias negativas. Creía que, confiando en sí misma y con determinación,  podría transformar la realidad. Como le decía su abuela y ella lo había aprendido bien  “quien no sabe para dónde va, puede llegar a donde no quiere”, por eso ella siempre se empeñaba en elegir, no en dejar que otros decidan su vida por ella. Se sentía dueña de su vida, no aceptaba pensar que su felicidad o bienestar estuviese en las manos de otras voluntades.

Sabía y creía que la vida es servicio; que es apoyar a otros a encontrar lo mejor de sí mismos. Y ella disfrutaba el regalo de dar de lo mejor de sí misma, sin esperar recompensas determinadas. Compartir sus sueños era para ella un regalo a sus amigos, y con su bien hacer, ella era capaz de ilusionar a otras personas, con entusiasmo; una vez más lo estaba haciendo.

Además, tenía mucha fe en la vida, sin miedo a cambiar, porque tenía la experiencia de que, para crecer, siempre hay cambiar algo. En la vida o se crece o se encoje...O se es más o se es menos. Y, lo creía fervientemente, ¡siempre es mejor crecer!

Emilia sabía lo que quería ahora e iba teniendo bastante clara su meta en la vida.  Es más, estaba segura de que aquello que deseaba lo iba a lograr; entre otras cosas porque, en muchas ocasiones, ella se lo había demostrado a sí misma.

Estaba convencida de que los resultados positivos dependían de ella y su pequeño equipo. Que, para ello, había que dar unos pasos no siempre fáciles,  pero estaba decidida a convertir su ilusión en realidad.

Además, también sabía escuchar, antes de hablar, solía ocuparse en saber la opinión de las otras personas. Y cuando la gente no hablaba, también sabía escuchar sus silencios. Era un don personal que la hacía única para sus amigas y amigos.

Y como, ahora como nunca, sabía lo que quería y tenía fuerza y tesón para acometer el liderazgo de la empresa en la que estaban empeñados, aquello tenía que salir bien.

Aunque, por supuesto, también era imprescindible la cooperación de los cinco, como grupo. Y, todos a una, estaban esforzándose porque la iniciativa saliera para adelante.

    
                                              

Así es que...

En poco más de un mes, los cinco jóvenes estaban yendo a la fuente a ofrecer y vender frutas y verduras,  zumos y refrescos, huevos de granja, tortas de aceite y mermeladas sin conservantes...

Y ¡vaya si tuvieron éxito! Pocos días eran los que le sobraban los productos que llevaban.

No pasó muchos meses hasta que, ya constituidos como Cooperativa, fueron incluyendo a otras personas.

Aquello fue aumentando. La cooperativa de jóvenes y, luego, no tan jóvenes, fue incluyendo más cosas y servicios. Cada día, y alternativamente o periódicamente, aparecían vendedores y personas interesadas en comprar cosas o disfrutar de todo cuanto allí se ofrecía..., desde distintos lugares de la comarca.

La idea de Emilia había dado sus frutos.

Al final, en Estella Nueva no hubo fuente, pero sí un mercado, un lugar de encuentros y mercadeo digno de ponerse como ejemplo en otros muchos lugares.

Curiosamente, la fuente que no tenía agua... ¡se convirtió en un manantial de vida!

  

 

(del libro “EL FUTURO EN MIS MANOS”) 

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