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miércoles, 26 de noviembre de 2014

CON DESTINO ÚNICO


ROCES

 

Y hago la vida, cotidiana,

compartiendo roces

con la otra gente:

con el peluquero

que me coge la chaqueta,

con la camarera

que me retira

la botella vacía de cerveza

o me sirve la ración

de boquerones fritos.

 
Y también con el cartero

que me entrega,

en la mano,

esa carta que esperaba

y me llegó certificada…

       

Pero es que, además,

hay roces

que, aún sin yo notarlos

están ahí, en mi vida,

aunque ni me atreva

a percibirlos:

cada vez que pellizco

el trozo de pan

que luego va a mi boca,

estoy rozando las manos

del panadero que hizo la masa

de la harina amasada

con el agua de su jarra

y con su esfuerzo.

            

Y al morder el sabroso queso

que me regala su sabor

al masticarlo…,

estoy rozando los dedos

de quien ordeñó la cabra

y llevó la leche

al taller de cuajadas…

                                 

¿Qué es la vida, si no

un rozarnos, permanentemente,

los unos con los otros y las otras

(aunque, acaso, lo hagamos en silencio)?

        

 Nos tocamos,

aún sin desearlo.

Porque somos

universo de roces

sin fronteras,

vida que se comparte,

día a día,


 

tocándonos, rozándonos sin miedo

y con la confianza

de saber

que, todos, estamos

unidos… ¡destinados

a encontrarnos!

 

      José-María Fedriani (26-11-14)