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viernes, 15 de noviembre de 2013

¿LEY DE VIDA?


Pero ¿es que la vida tiene leyes...? Y, si es así,
¿cuál rige nuestra vida?

 


Como yo digo en el prólogo – introducción de mi último libro “GRANDES REGALOS”,  en diversas ocasiones, a lo largo de mi vida, he trabajado en la docencia (unas como profesor remunerado, otras haciendo tareas de voluntariado en diversas circunstancias y hemisferios), y, siempre, me ha gustado trabajar, sobre todo, con la juventud pues es en los jóvenes (chicas y chicos) en quienes mejor he encontrado esa actitud de escuchar, de abrir la mente y el corazón a saber más y a arriesgar otros intereses por, decididamente, lograr ese “algo más” que deseaban.

Pues bien, hoy quiero traer aquí una experiencia vivida, ya hace años (pero que puede tener mucha actualidad), con un grupo juvenil con inquietudes y preocupación respecto de los Derechos Humanos, que me invitaron a acompañarles y trabajar, durante unas cuantas horas, en una jornada de estudio sobre la realidad que habían planteado.


Pues bien: mirando a nuestra realidad, a modo de “lluvia de ideas”, fueron saliendo “cosas” que no les gustaban. Y, a partir de ahí,  se plantearon distintas “opciones” o alternativas posibles para dar solución al problema de nuestra desestructurada sociedad.

Éstas eran: el progreso de las empresas o de la economía (si el desarrollo del mercado es adecuado, puede haber trabajo para todos y todo el mundo podría vivir más dignamente), la política (si el poder de gobernar está en manos de gente honesta y preparada, todo puede funcionar adecuadamente), la cultura (mejorando la educación y formación de las personas, el nivel de la sociedad mejorará efectivamente) y el amor y la solidaridad (la preocupación por las demás personas, la implicación en la   cuestión social como camino de fraternización de las personas). 
 


Pues bien, todas las opiniones de los jóvenes se centraron frente a las dos únicas opciones del desarrollo cultural del pueblo y del amor solidario.

La política, de la que tanto se habla como responsable del bienestar de nuestras sociedades; así como el asunto del desarrollo económico, que parece que es lo que, hoy por hoy, centra la atención de la mayor parte de la gente, se quedaron casi sin partidarios.
 

Parece increíble, pero es real: la juventud (por lo menos este grupo en cuestión) vio la solución a los problemas del mundo en el progreso cultural de los pueblos y, sobre todo, en el establecimiento de la praxis del Amor.

 
¿Nos parece algo curioso? Puede ser que no. Yo, sinceramente, también pienso que la gente, el hombre de la calle o de la empresa, la mujer de la casa o la oficina, quienes trabajan en el comercio, y también la gente más sencilla y hasta todas esas personas que pasan necesidad con un trabajo precario o con una mala vivienda en el más abandonado suburbio… ¡esperan de la Solidaridad, del Amor a fin de cuentas, más que de otras cosas! Y si es que no esperan del Amor… es que ya no esperan nada: es que han dejado de esperar alguna solución, han dejado de soñar y esperar algo en la vida.

La gente, aun los más jóvenes, sabe que toda búsqueda de soluciones para “salvar” los problemas que aquejan al mundo de hoy, todas son utópicas; pero que si alguna puede ser válida, habrá de ser el Amor: ¿de qué sirven el progreso técnico, económico, político-social y hasta cultural de las personas, si no viven inmersas en el amor?, ¿es que, en algún lugar de la tierra, ha vivido, alguna vez, alguien que haya logrado ser feliz sin haber encontrado el amor?, ¿pero es que nos merece la pena vivir sin aprender a amar y sin nunca haber sentido que alguien nos haya amado alguna vez…? En todo caso, a lo que se llegaría sería a “vegetar” lujosamente, pero no más; como la flor que crece en una maceta de porcelana o una golondrina que viviese enjaulada entre elegantes barrotillos de plata…

No es ninguna tontería. Porque la vida está hecha para ser entregada, como los granos de trigo, como tantas madres.

Sí. Lo han dicho mucha  gente, a través de los miles de años de la existencia de la humanidad sobre el globo terráqueo y (de una u otra manera, con unas u otras palabras) en las más diversas civilizaciones… Pero no parece sino que, aun estando tanta gente de acuerdo en ello, a tan sólo unos locos se les ocurrió vivir según la ley del Amor.


Pero sí. Aunque nos parezca algo utópico e inalcanzable, es la solución. Porque, en el fondo, el único y fundamental problema que el mundo tiene es: la falta de Amor.

La clave es única: si hubiese más Amor, la fraternidad universal sería una realidad, las enfermedades psicológicas y psíquicas (que son la causa de una gran mayoría de dolencias y quizás sea lo más grave que está en el fondo de toda enfermedad) no existirían.

El mundo sería mejor. Los hombres y mujeres se respetarían, se ayudarían, se amarían. No habría graves problemas de ninguna índole. El mundo sería como “un paraíso terrenal”.

Si queremos ser sinceros, profundamente, hemos de reconocer que sólo en el Amor creemos. Es en el amor en lo que esperamos. Sólo la fuerza del Amor, tiene la suficiente energía como para salvar al mundo.

Aunque,  sin embargo…, en lo cotidiano de nuestras vidas, en lo que llamamos nuestro vivir de cada día… ¿qué nos pasa?, ¿por quién optamos?, ¿damos, de verdad, nuestro voto de confianza al Amor?
 

Bueno, hoy puede ser el primer día del resto de nuestra vida ¿o no?

Ánimo. Vivir es transmitir vida: vamos a ser felices si nos atrevemos a compartir motivos de gozo, a soñar, confiadamente,  junto a los demás, con un Mundo Mejor.

¿Nos atrevemos a sacar nuestro corazón del cascarón que lo aprisiona y no lo deja expandirse a cabalidad?

 

 

 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LAS CANTERAS



 
Sobre la arena tostada

tras de haber sido acariciada

por la límpida agua oceánica

cientos y miles de turisbañistas

esperan al calor del sol

que ya en pleno otoño

y que, aún cuando llegue el invierno,

adorna la gran playa atlántica.
 
 

Hoy no brilla mucho el sol.

A ratos sí. A ratos no.

Se siente el calor en la brisa

pero sus rayos

sólo pueden verse, allá

en el mismo Teide,

asomándose  entre las nubes grises.

La montaña está compuesta

de no sé cuantos colores. Incluso

más de los que tiene el arco iris.

 


La arena está caliente.

El mar rasga sus ímpetus de océano

en el rompeolas,

un poco más adentro

de donde llegan

los visitantes más atletas.

Las nubes pasan. Caen

unas pocas gotas.

De nuevo, brilla el sol.

Las casitas blancas, en la montaña;

los hoteles y bungalowes

en el paseo… lucen

ahora mejor.
 
 
Las gaviotas voletean.

Unos juegan a la pelota.

Otros saltan en la lona.

Otros practican remo.

Los más, se bañan.

A lo lejos, una motora

que cruza el mar

más sutil que las mismas gaviotas.

 

Jóvenes chavalas lucen

su piel morena:

su cuerpo joven dorado

por el sol y la brisa marinera.

Mientras las olas, orilleando,

vestidas de espuma blanca,

juegan a hacerse encajes

en la arena.

Luego,

llega la tarde.

La marea se hace baja.

Aparecen algunas rocas

donde antes sólo se veía agua azul

y acaso verde.

  


El sol,

se esconde entre la montaña

y las nubes.

Hay nubes blancas, rojas, amarillas.

El cielo se ve azul, verde,

gris y hasta color de plata.

La playa se ha quedado vacía

de agua y de gentes.

Allá más lejos,

donde el rompeolas,

el agua se alborota

jubilosa.



El sol nos despide

con sus últimos rayos,

con su última sonrisa de la tarde.

Ya, casi es

de noche.

El silencio se hace total

en la playa. Sobre la arena.

Algunas parejas pasean

diciéndose cosas:

cosas

que acaso nunca olvidarán.

  


La tarde es hermosa. Alegremente

hermosa, como una jovencita

dieciochoañera.

Un poco más,

y ya es de noche.

El rumor del agua, es aún

más intenso.

Brillan algunas luces.

Las casitas de la subcosta

se reflejan en el mar;

también la de algunos hoteles.

La noche pide una oración:

hay tantos seres

que nunca podrán gozar

de este placer

que yo ahora ¡tengo en mis manos!...

 

                                    (JMF – “HORAS”)



lunes, 28 de octubre de 2013

¿SOMOS FIELES A NUESTROS DIFUNTOS?




CULTO A LOS MUERTOS

El culto a los difuntos,  a los ancestros o a los antepasados es una práctica piadosa común a varias religiones basada en la creencia que las personas que han muerto tienen una nueva existencia, se interesan por los asuntos del mundo y pueden influir, de alguna manera, en la suerte de los vivos.

Desde que las primeras comunidades humanas en el Paleolítico desarrollaron sus capacidades simbólicas, las prácticas rituales relacionadas con la muerte han ido evolucionando a lo largo del tiempo.

Las ofrendas y ajuares depositados en el lugar de las sepulturas nos hablan, ya en las culturas más antiguas, de un verdadero culto a los muertos y de una espiritualidad humana basada en la creencia en otra vida más allá de la muerte. 

Desde la antigüedad, la costumbre religiosa de darle culto a los muertos era parte de muchas culturas: 

Los antiguos chinos recordaban a sus antepasados quemando incienso y encendiendo velas.
 

En la cultura India, la fiesta hindú de los muertos, Durga, comenzaba en Noviembre.

En la antigua Asiria las ceremonias de los muertos eran en el mes de Arahsamna, cuando el dios Sol se convertía en el Señor de la Tierra de los Muertos.

En Mesopotamia tenían un concepto pesimista y negativo de la vida terrena y de la de ultratumba. Los actos religiosos son muy simples, basados en la oración y en el cuidado de los dioses.

Los persas, celebraban el mes del ángel de la muerte.

En Perú, el Año Nuevo Inca comenzaba en Noviembre y el festival, llamado Ayamarka, con las ofrendas de comida y bebida en las tumbas.

Los aztecas mexicanos también guardaban el Día de los Muertos al mismo tiempo de otoño del año.

Los celtas, al igual que otros pueblos de la antigüedad, celebraban sus fiestas y ritos con los cambios de estación.

Podemos decir, que la práctica religiosa de honrar a los difuntos es tan antigua como la humanidad y la costumbre de celebrar un día de culto a los espíritus de los antepasados es compartida en muchas culturas y lugares del mundo, coincidiendo desde épocas remotas con el final e inicio del año nuevo.

Todas las culturas, a lo largo de la historia de la humanidad,  le han dado un significado ritual a la muerte de los seres queridos. La meta del culto puede entenderse como un camino para asegurar el bienestar en la nueva existencia de los ancestros y su buena disposición hacia los vivos y, a veces, pedir algún tipo de favor o ayuda. La función social del culto a los difuntos está basada en la idea de cultivar los valores familiares, como la piedad filial, lealtad a la familia y continuidad del linaje.

Se trata de una práctica universal a todas las culturas, de maneras más o menos explícitas, el culto a los ancestros se encuentra en sociedades con cualquier grado de complejidad social, política y tecnológica, y permanece como un notable componente de varias prácticas religiosas en los tiempos modernos. Es especialmente central en varias  religiones africanas, desde el animismo hasta los ritos  Bwiti y en el  confucionismo, donde recibe el nombre de piedad filial.

Para la mayoría de las culturas, las prácticas del culto a los difuntos no son como es el culto a los dioses. El  propósito de este culto no es para pedir favores, sino para realizar el deber filial. Algunas personas creen que sus antepasados necesitan ser provistos por sus descendientes; otros no creen que los ancestros estén preocupados por lo que sus descendientes hacen por ellos, sino que la expresión de piedad filial es lo importante.

 
Según el confucionismo, el respeto por los antepasados es una expresión de piedad filial y era fundamental para que existiera un buen orden de las cosas. Los hijos, por ejemplo, han de presentar respetos ante la tumba de sus padres. La tumba, puede tener forma de media luna, lo cual se considera auspicioso porque representa el equilibrio del yin y el yang.

Como más significativo está el culto a los muertos de los egipcios.

La concepción egipcia de la vida tras la muerte, era muy primitiva: no se trataba del paso a una vida eternamente bienaventurada en la contemplación de la divinidad, sino de una prolongación o perpetuación de una vida suficientemente placentera en este mundo, pero en otro ámbito que, aun siendo paradisíaco, reproducía los ciclos, las cuitas y los quehaceres de la vida anterior.

Los egipcios creían firmemente que, después de morir, el alma del hombre viviría feliz sólo si se daba un tratamiento especial al cadáver para preservarlo de la corrupción para que se conservara íntegro. Por ello, perfeccionaron el proceso de conversión o embalsamiento, convirtiendo los cadáveres en momias que colocaban en sarcófagos.


 Estos se decoraban con mayor o menor suntuosidad, dependiendo de la jerarquía social del muerto. En la tumba se depositaban diversos objetos que, se creía, el difunto podría necesitar o echar de menos en la otra vida. Aves y gatos, entre otros animales, eran también embalsamados para servir de compañía a los hombres en su viaje al otro mundo. No podía faltar la inclusión de un papiro en las que se consagraban las virtudes y buenas obras del difunto, con la finalidad de que fuera juzgado indulgentemente por Osiris, el dios de la otra vida, en el tribunal de los muertos.

Y más cercanos a nuestra cultura occidental está la visión de la vida de ultratumba y el culto a los muertos de los griegos.

Para los griegos era un deber ineludible enterrar a los muertos, ya que las almas de los que no recibían sepultura ni rito funerario alguno estaban condenadas a vagar eternamente y a perseguir a sus parientes por haber descuidado el cumplimiento de los preceptos religiosos con los difuntos.

El entierro de los difuntos era uno de los pilares fundamentales de las creencias familiares, ya que los espíritus de los antepasados eran una especie de divinidades, que se encontraban en el Hades, a las que se debía rendir culto de forma periódica.
Los humanos buenos, justos y que llevaron una vida virtuosa, en cuanto se reúnen en grupos, los mandan a los Campos Elíseos para que lleven allí una vida felicísima. En cambio, cuando llegan a sus manos los malvados los envían al lugar destinado a los impíos, para que reciban el castigo que les corresponde por sus culpas e injusticias.
 
El ritual de un entierro para los griegos consistía en lavar el cadáver, ungirlo con bálsamos perfumados, coronarlo con flores de la estación y vestirlo dignamente.
Mientras, las mujeres prorrumpen en llantos y gemidos, todos lloran, se golpean los pechos, se mesan los cabellos y se arañan las mejillas. A veces incluso, en señal de luto,  desgarran la ropa y se echan polvo en la cabeza; a menudo se revuelcan por el suelo y se golpean la cabeza contra el pavimento.
 

Posteriormente, el difunto era llevado sobre los hombros de sus familiares o de los esclavos, o en un carro. Detrás iba la comitiva de familiares y amigos.
 
En el cementerio, el cuerpo podía ser inhumado o quemado en una pira. En este caso, las cenizas eran recogidas por un hijo o familiar y después se guardaban en una urna. Cuando el cadáver era inhumado, el cuerpo se depositaba en un sarcófago de cerámica o de madera, o simplemente se enterraba sin sarcófago, sobre un lecho de hojas. Al lado del cuerpo del difunto se dejaba una cantidad considerable de cerámica y parte del ajuar que había pertenecido en vida al finado, para que pudiese continuar disfrutando de sus cosas después de muerto.  Las tumbas eran recubiertas de tierra sobre el que solía ponerse un monumento.

 
Todo esto, lo traigo aquí con una única intención: aunque estemos en el siglo XXI, seguimos (por tradición) haciendo muchas cosas demasiado parecidas a lo que se ha venido haciendo en siglos pasados, en culturas que, supuestamente, ya quedaron muy trasnochadas.

Todas estas prácticas, que antes hemos repasado, han seguido extendiéndose, de una u otra manera, a lo largo del mundo, hasta hoy en la actualidad. Y no son ni lógicas ni santas; más parecen fanatismos absurdos.

 
 


 


Paralelamente tenemos la fiesta de HALLOWEEN.

En los últimos años, estamos viendo como una costumbre norteamericana y de otros países anglosajones como  Canadá, Estados Unidos, Irlanda o Reino Unido, y, en menor medida, en Argentina, Chile, Colombia, México, Perú o el conjunto de Centroamérica, se nos va metiendo entre las rendijas de nuestras tradiciones.

Halloween, también conocido como Noche de Brujas o Noche de Difuntos, es una fiesta de origen celta que se celebra internacionalmente en la noche del 31 de octubre, sobre todo en sus raíces están vinculadas con la conmemoración celta del Samhain y la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, celebrada por los pueblos de cultura católica el 1 de noviembre. Se trata en gran parte de un festejo secular, aunque algunos consideran que posee un trasfondo religioso. Los  inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a América del Norte durante la Gran hambruna irlandesa.


El día se asocia a menudo con los colores naranja, negro y morado y está fuertemente ligado a símbolos como la jack-o´-lantern (calabaza tallada a mano). Las actividades típicas de Halloween son el famoso truco o trato y las fiestas de disfraces, además de las hogueras, la visita de casas encantadas, las bromas, la lectura de historias de miedo o el dedicarse a ver películas de terror.

Para algunas personas (no sé hasta qué punto es así), esta celebración festejosa que nos viene con la coca-cola (ese líquido negro que sirve para desatascar fregaderos), lo que hace es trivializar el tema de la muerte.

 


 

MI REFLEXIÓN SOBRE EL TEMA:

A veces (demasiadas veces) nos equivocamos en nuestras relaciones. Y no tenemos las necesarias manifestaciones de afecto y cariño para con las personas con las que convivimos; con quienes nos relacionamos, más o menos cercanamente.

Cuando faltan (fallecen) nos vienen los “remordimientos” (deberíamos haber actuado de otro modo, haberles tratado mejor, etc.); pero ya es tarde. Entonces, como buscando una manera de “compensar” lo que no hicimos, nos ocupamos de hacerle a la persona fallecida,  al “finado”, lo que sea… para tranquilizarnos. Y le damos, o hacemos, todas las “manifestaciones de cariño” a nuestro alcance: un buen féretro, flores, responsos y hasta llantos excesivos. No tiene mucho sentido tantos gastos absurdos, pienso.

Pues ¿para qué derrochar dinero en cosas que no hacen bien a nadie, como féretros carísimos, pues de lo que se trata, en el fondo, es de quitar de en medio unos restos humanos que ya para nada sirven?

Pero ¿y para qué?

Ciertamente ¡ya es demasiado tarde!

Es como (valga la burda comparación) el niño que llora por el globo que perdió…, después de haberlo dejado escapar; o (quizás exagerando) el maltratador que le manda flores a la mujer que antes machacó, porque no supo resistir sus bajos instintos de ver sufrir a “su presa”, viéndola llorar, atemorizada ante su fuerza animal. Y sin cargar tanto la tinta, hay muchos matrimonios que se respetan más después de muertos que en vida (la muerte no les separa, como dice el ritual, sino que les une).

Aunque, a mi entender, desde luego, a las personas hay que quererlas (demostrándoles cariño) mientras están vivas, no cuando ya no están. Luego ¿para qué?, ¿acaso para demostrar, ante los demás, que les queríamos y que, de verdad, sentimos su pérdida?

 
Y respetar la memoria de nuestros antepasados, de nuestros difuntos, de estas personas que fueron importantes en nuestras vidas, mientras las tuvimos a nuestro lado, no es tirar dinero y gastar energías en hacerle un hermoso panteón. Mejor sería dedicarnos a escuchar-recordar “sus palabras”, recordar “sus mensajes”, imitarlas y hacer posible que las vivencias que tanto nos aportaron, nunca las olvidemos y sigan siendo una “realidad viva” en nuestras vidas.