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miércoles, 24 de septiembre de 2014

OPTAR POR EL FUTURO


CON   MIRADA OPTIMISTA

Siempre he tenido ganas (a veces hasta pudiera parecer prisa) por que llegue el futuro. Deseos de que el presente, lo que está sucediendo ahora (que, por otro lado, soy consciente de que es lo único real que tenemos; pues el ayer ya pasó y el mañana aún no es) pase ya...
 






Con la creencia, incluso con el convencimiento de que lo por venir va a ser mejor.





Y, desde luego, pienso que esta idea mía es la que me da energías para “hacer cosas” para que el mundo que le toque vivir a mis hijos y nietos sea mejor que el que éste en el que he pasado yo los años de mi existencia.
 





Pero es más: creo que es la razón que todo el mundo necesita para esforzarse en mejorar la realidad.




Cuestión que a algunos “poderes fácticos” no les interesa. Por eso se gasta tanto dinero en matar esperanzas: en “convencer” a la gente de que no merece la pena trabajar por cambiar el “orden-desorden establecido”, que es mejor “dejar las cosas como están”…





Y sí, muchas personas ya adultas y (lo que es peor) una gran parte de la juventud actual, se deja “caer en la tentación” de perder las ganas de soñar.




Ciertamente, la realidad es dura:
Estamos frente a una gran riada que nos quiere arrastrar. La sociedad ha perdido mucha confianza, tiene miedo a perder… “esas seguridades” del pasado que ya no pueden ser (Como digo en mi novela-ensayo “Grandes Regalos”, tratando sobre la esperanza).
 




Pero es que…
La necesidad de soñar, de imaginar un mundo nuevo y diferente y mejor sigue estando en lo más profundo del corazón de los humanos. 

Y es queriendo cambiar la realidad como lo haremos posible. No sin esfuerzo. Jamás renunciando a hacer realidad nuestros sueños (no vale bajarse del tren de la Historia).


La utopía de buscar todo “lo posible”, aunque aún no lo sea; aunque todavía parezca imposible. Porque la esperanza (que conlleva tiempo de espera) es el motor que nos pone en movimiento, es la fuerza que nunca admite conformismos.





 
Porque, teniendo a la Esperanza como compañera, tendremos siempre la certeza de que, todavía, nada está acabado: que, por mucho que avancemos, aún falta “algo más” para estar más cerca de la nuestra Utopía.







 
Pero es que, además, nuestra vida (para todo el mundo) tiene sentido a partir de que sabemos qué hacer con ella. Porque, cada ser humano, tiene una “misión” que cumplir.






Y, por ello, es importante que seamos conscientes de que somos necesarios, insustituibles, hasta imprescindibles; pues aquello que nos toca hacer (a cada una,  a cada uno), si no lo hacemos… ¡quedará pendiente…!



 
Y el caso es que, si perdemos nuestras esperanzas…, nos quedamos sin ilusión, sin ganas de seguir avanzando, buscando ilusionadamente, vivir válidamente.  Por eso es importante mantener viva la esperanza. Que es, también, ¡mirar con optimismo el futuro!




 
Y, en tiempos de “crisis” como en el que estamos, es que se impone la necesidad de vivir la Esperanza activamente. Con acciones ilusionantes, con iniciativas posibles y llenas de creatividad. Creyendo que el mañana ha de ser y será mejor.
 




 
La Esperanza es (tiene que serlo siempre) activa. Nunca es pasiva. Es motor de nuevas posibilidades. Es función utópica permanente: siempre hay más cosas por hacer. Es compromiso vital con la Historia de la Humanidad. Y tiene que ser contagiosa.
 
 
 
 
 
Y acabo con un poemita que no es nuevo, que yo tengo publicado (en mi libro “Ácido desoxirribonucleico”) y habrá quien también ya lo conozca, que dice:
 
 
 
 
 

HOY Y MAÑANA...
 
Yo creo.
Creo en mi hoy.
Y espero el mañana...
Creo
sobre todo
en el por-venir...
 
¡Sí! Creo
en mi esperanza.
 
Hoy es el día
más feliz
de mi vida;
porque hoy
es el día
que está más cerca
del mañana.

Y yo creo,
quiero creer,
más que nada
en lo que va a ser,
en todo lo por-venir:
¡en mañana!...
 
                       JMF
 
 




 

                     (Las fotografías fueron tomadas en la Ciudad
                      de las Artes y las Ciencias de Valencia).




 

 

domingo, 21 de septiembre de 2014

TEMPORALMENTE…



Llega el otoño

Dos veces al año nos llega el bello balance de los equinoccios: primavera y otoño. El de primavera  marca la transición del invierno a la primavera); y el de otoño, la del verano al otoño. En ambas transiciones, la tierra y el sol se acomodan de cierta manera, logrando que la luz solar se distribuya de forma mucho más pareja a través del globo terráqueo.

Las estaciones comienzan, como ya se sabe, en el instante en que se produce el hecho de que la Tierra pasa por una determinada posición de su órbita alrededor del Sol. Lo marca el equinoccio, que es esa situación en la que se da que el día y la noche pasan a tener la misma duración y que el Sol sale exactamente por el Este y se pone por el Oeste (cuestión que,  a medida que vaya avanzando el otoño, el sol irá saliendo más por el sureste).

Estas transiciones ocurren porque, en esta posición, tanto el polo norte como el sur quedan a la misma distancia del sol, y la luz solar se distribuye a forma de espejo hacia ambos hemisferios. Y, consecuentemente, tanto el día como la noche consiguen, aproximadamente, una misma duración a través de toda la tierra.

Por esto, es natural que nuestros cuerpos (después del premio-castigo del largo y cálido verano, donde los rayos del sol nos han “calentado” por demasiadas horas), estén con ganas de darle la bienvenida a las bondades de este temporero balance… Con el otoño, la Tierra se enfría por el alejamiento del Sol y eso, unido al acortamiento de los días, provoca bastantes cambios meteorológicos que, querámoslo o no, nos van a afectar.

A este lado del planeta tierra, el equinoccio de otoño ocurre todos los años entre el 21 y 23 de septiembre. Este año 2014, el 23 de septiembre es el día que el otoño toma el relevo al verano para convertirse (durante 89 días y 20 horas) en el protagonista de un calendario astronómico caracterizado por días más cortos. Esto, lógicamente, en el Hemisferio Norte; mientras que, paralelamente, en el mismo momento nace la primavera en el Hemisferio Sur, para terminar el 21 de diciembre, cuando sea a su vez relevada por el invierno.

Bueno, vamos a lo que nos interesa personalmente:

A parte de lo geográfico, astronómico o meteorológico, el otoño cambia otras cosas en nuestras vidas…

La visión, el paisaje que se nos presenta ante nuestros ojos, tiene mucho encanto: esos “coloreamientos” tan maravillosos de amarillos anaranjados, de rojos dorados, de verdes plateados, de marrones azulados…

Y ese espectáculo, transitorio pero con vocación de eternidad, a poco que seamos un poco sensibles, nos entra los por los poros y nos hace sentir que algo está sucediendo en medio del espacio y el tiempo donde nos encontramos.  

El otoño, más que ninguna otra estación del año, es un muy adecuado momento de balance y transformación en todos los sentidos. Quizá podríamos decir que es la ocasión perfecta para comenzar a repensarnos algunas o bastantes cosas…

Si bien la primavera es la época del año que más nos despierta los sentidos, con su climatología y colorido cargado de perfumes, no es menos cierto que el otoño es tan hermoso... que merece la pena que nos paremos, siquiera unos minutos cada día, a analizar algunos de sus encantos: desde sus adornados cielos hasta el olor a la tierra mojada, sin olvidar esos paisajes magníficos de los que podemos gozar, cotidianamente, en cualquier paseo o avenida arbolada.

Por esto, el otoño nos invita a cambiar algunas otras cosas en nuestras vidas…

El otoño nos empuja a ser más interioristas, más reflexivos, más dados a pararnos a mirar nuestro interior… A pensar en lo que ha sido y hemos hecho en la época estival y recordar a esas personas que hemos conocido y que merecería la pena no dejar en el olvido, a plantearnos que si cuidamos estas nuevas relaciones que vimos nacer en vacaciones, tal vez hayamos obtenido el tesoro de una amistad duradera.

Pero también el cambio de temperatura, la llegada de las lluvias, la disminución de horas de sol…, son como una invitación al compartir, al consensuar, al programar juntos posibles actividades a desarrollar… y (con lo que a mí me gusta charlar), ¡dan ganas de hablar!

Y, de alguna manera, todo esto nos hace descubrirnos como personas que hemos necesitamos interiorizar en nuestro adentro, hasta descubrir quienes verdaderamente somos, pero que también somos sido creadas para vivir en sociedad.

 El otoño, ¡todo un regalo que podemos obviar o hacer algo nuestro!

¿Qué prefieres tú?

 
 

jueves, 11 de septiembre de 2014

REFLEXIÓN ANTE EL 11 DE SEPTIEMBRE


 
¿QUÉ ES LA SEGURIDAD? ¿VIVIMOS EN PAZ
                  O CON MIEDOS?
Un día como hoy, ¡hace ya 13 años!, se sucedieron una serie de atentados terroristas suicidas en el supuesto país más seguro del mundo, mediante el secuestro de aviones para luego llevarlos a impactar contra varios objetivos y que causaron la muerte a cerca de más de 3.000 personas y otras más de 6.000 heridas, así como la destrucción del entorno del World Trade Center en Nueva York (con sus famosos rascacielos conocidos como “las torres gemelas”) e importantes daños en el Pentágono, en Virginia, lo cual precedería a la guerra de Afganistán, que llevaría también a incontables muertos, en sus varias “operaciones” y “ataques”.



Esto, fácilmente, nos puede hacer reflexionar sobre qué es eso de la “seguridad” y también qué cosas son las que nos hacen perder la paz y la tranquilidad. Y también, ¿por qué no?, cómo la vida de las personas puede cambiar drásticamente en un momento…

No es fácil definir el concepto de PAZ, entre otras cosas porque son pocos los intentos de medir el estado de paz en los distintos lugares de la tierra.

Muchas veces, la paz se mide como ausencia de violencia, a través de unos indicadores como es el nivel de los gastos militares de un país, respecto de otros; mientras que para otras personas o instituciones lo valioso es medir lo que se denomina “Paz global”, incluyendo niveles de democracia y transparencia, de educación y bienestar social, etc.
 

Si vamos a la etimología de la palabra, Paz (del latín pax), se trata de un estado (a nivel personal o social) en el cual se encuentra el equilibrio y la estabilidad; lo cual también sería ausencia de inquietud, de miedos, de violencias.
La Paz también está en el origen etimológico de los saludos: Shalom en hebreo y Salam en árabe, que significan algo así como “la paz esté contigo o con vosotros”. Saludos que encontramos innumerables veces en la Biblia.

También hoy, en los ritos cristianos (como es la misa) se emplea en el saludo o beso de paz que intercambia toda la comunidad en cada celebración.


Y, pienso, en este compartir entre personas creyentes, se está dando más valor a la paz interior que a la que se esté dando en un entorno geográfico. ¿Cómo si no, decir “la paz contigo” en viviendo en medio de una situación de conflicto bélico, por ejemplo?  
 
Porque la paz, tiene que estar en el corazón. Ya Confucio decía: “Si no estamos en paz con nosotros mismos, no podemos guiar a otros en la búsqueda de la paz”. Y, más actualmente Juan Palo II, papa de la Iglesia Católica, decía: “La paz exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad”. Y Dalai Lama apuntilla: “El mantenimiento de la paz comienza con la autosatisfacción de cada individuo”.
Y el miedo, ese bicho feo que se nos mete debajo de la piel, sin pedirnos permiso, ¿cómo nos afecta respecto al sentirnos o no en paz y tranquilidad?

Pero, para acabar esta pequeña reflexión, ¿qué tal si aprehendemos a vivir sin miedos…, por encima de todas las dificultades o problemas que podamos encontrar a nuestro alrededor?
 
Quizá es cuestión de fe, ya que como dice el obispo poeta Pedro Casaldáliga “Lo contrario a la fe no es la duda, es el miedo”.  Yo pienso, y suelo decir, que “Es mejor confiar que temer”; creo que es una buena fórmula para vivir “en paz”.