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domingo, 16 de agosto de 2015

COMPLICIDAD


¿SOMOS CÓMPLICES… DE ALGO MÁS?
Hace unos años escribía:

Yo no soy culpable
de los niños que mueren
de hambre y de sed,
en las guerras, en la miseria
o padeciendo malaria.


 

No soy culpable
de las madres que abortan,
de los hombres que olvidan
el inapelable compromiso
de responder moralmente
ante aquellas que son
consecuencias de sus actos.


No soy culpable, no,
de la contaminación de los ríos,
de los sucios negocios
del armamentismo,
la trata de blancas, las drogas,
o la industria farmacéutica;
de la corrupción, las inmoralidades
de muchos poderes públicos.



Ni tampoco del desempleo,
a la vez que el despilfarro
de grandes riquezas
en manos de unos pocos;
mientras tantos pasan necesidad
hasta de lo que les es más básico.

Yo no soy culpable
de todo lo que está mal:
violencia doméstica, paro,
drogas, enfermedades raras,
insolidaridad, maledicencia,
envidias y grandes resentimientos.



Yo no soy culpable
de tantos males del planeta
y cuanto está mal en el mundo...
Hay pueblos enteros
que pasan hambre y miseria.


¿O, acaso, si?
Quizá por no denunciar,
quizá por callar,
quizá por no querer complicaciones,
quizá por preferir olvidar...

(“El Hemisferio Olvidado”, 2010)



Ahora, en estos momentos, después de tomar conciencia de muchas cosas que pasan a mi alrededor que no debieran suceder, me planteo…

Cuando un niño, con edad de estar jugando, está vendiendo flores en la calle y le compramos algunas, en vez de denunciar el hecho de esa explotación infantil que se está dando ante nuestros ojos…

Cuando vemos que un personaje público se aprovecha de su cargo y hacemos la vista gorda…

Cuando sabemos, que en una casa se dan maltratos y no los denunciamos…

Y etcétera, etcétera, etcétera.

¡Estamos siendo cómplices!



Cuando presenciamos que alguien está tirando basura en la calle y no le decimos nada, pues pensamos que es inútil…

Cuando nos encontramos con alguien que estropea algún elemento de lo que es el mobiliario público (papeleras, pilonas, señales de tráfico, bancos, fuentes, etc.) y, por evitar problemas, pasamos de largo...

Cuando alguien comete injusticias (en el ámbito público o en privado) y lo obviamos, sin acaso ni siquiera protestar…

Y etcétera, etcétera, etcétera.

¡Estamos siendo cómplices!




Cuando votamos a un partido político que ha quedado manifiesto que está lleno de personas nada honorables, hasta corruptas; que no cumplen con lo que prometen, que son capaces de hacer pactos contra-natura, acomodándose para mantener sus puestos a coste de lo que sea…

Cuando guardamos nuestros ahorros en un banco del que llegamos a conocer que invierte sus fondos en fábricas de armas (por ejemplo) y no retiramos nuestro dinero…

Cuando compramos productos de una marca comercial que nos consta que maltrata a sus trabajadores o incluso emplea mano de obra infantil para abaratar sus precios…

Y etcétera, etcétera, etcétera.

¡Estamos siendo cómplices!

            


Y acabo mi reflexión pensando: realmente si quisiéramos, podríamos mejorar la sociedad en la que vivimos, pero… ¿de verdad queremos?


Porque, si es así ¿no tendríamos que implicarnos, de verdad, en hacer algo más para que las cosas fuesen a mejor? Implicándonos, no quedándonos en ser cómplices de lo que hay.