Páginas vistas en total

miércoles, 30 de abril de 2014

ALECCIONADORA HISTORIA



DANIELLE, 


LA  PROFESORA 


 

Danielle, joven profesora de idiomas, fue siempre una muy inteligente mujer que, además de estudiar le gustaba disfrutar de la vida. Tenía un gran corazón y siempre decía que le gustaría hacer algo que diera más sentido a su vida.

 

 

 

Pero Danielle había pasado tantos años entre libros y apuntes, asistiendo a jornadas y congresos, publicando artículos y dando conferencias que sus años de juventud se habían ido pasando..., sin poder encontrar un espacio para desarrollar su preocupación solidaria, ni tampoco a ese compañero de vida con el que había estado soñando desde sus años de primera juventud.


 

En el ambiente en el que ella se movía, pasó lo que tenía que pasar y sólo dónde podía pasar: en la Universidad,  tras la presentación de un libro, le fueron presentados compañeros de compañeros; así conoció a un profesor de filosofía que le resultó tremendamente interesante.      


 


Y Danielle, después de sentirse atraída por él, y de que viera que él se sintiera interesado por ella... pues estuvo dispuesta a casarse con el que era un reconocido inteligente profesor. Era casi 20 años mayor que ella, pero no estaba mal y tenía un aspecto muy atrayente; además de que... era la oportunidad que le ofrecía la vida.

 
Marco era un hombre realmente interesante pero era algo difícil. Marco (era su nombre), después de enviudar se entregó totalmente al estudio y la investigación y apenas dedicaba tiempo a nada en su vida que no fuese relacionado con los libros, con las prácticas en el “laboratorio de hipótesis”, con sus clases.

 


Ni siquiera dedicaba apenas tiempo a su hija Laura, para la que, cuando aún era pequeña tuvo contratada, las 24 horas del día y durante todos los días de cada mes, a una nurse que hacía las veces de madre, padre, administradora, a veces modista, otras educadora y hasta compañera de juegos y excursiones. Y, posteriormente, cuando la chica cumplió los 19, le compró un apartamento y le pasaba una paguita, lo suficiente para que no le faltara de nada material.


 

Al aparecer Danielle, Marco pensó rehacer su vida...  Aunque, desde luego no estaba dispuesto a cambiar mucho su “orden establecido”. Así es que, como además Danielle estaba algo cansada de su vida demasiado ajetreada, de no tener nada de tiempo para ella, junto a no recibir muchas satisfacciones en la Facultad... pues le pareció bien lo que Marco le ofrecía: él sería ese compañero de vida con el que ella llevaba soñando desde su juventud, que seguiría dedicándose a la investigación y la docencia; mientras ella se convertiría en “mujer-ama de casa”, si bien podía seguir dando clases particulares, con un horario tan flexible como ella quisiera; así no abandonaría la docencia y podría mantener una “independencia económica” para sus gastillos extras...

 
Paralelamente, como la hija de Marco ya estaba independizada, iba bien en sus estudios y era bastante formal en su vida personal, pues no había porqué temer problemas insalvables. 

 

Lo que Marco no le comunicó a Danille era que estaba bastante seguro de que padecía cáncer de colon, aunque lo que decía era que tenían el intestino irritable; así lo disimulaba, o quizá también quería engañarse a sí mismo. 

Pero, aunque se cuidaba tomando remedios naturales como aguacates, el áloe vera e infusiones de jengibre y manzanilla,  el cáncer avanzó.  Y un 22 de mayo, a sus 59 años de edad, Marco le dijo “au revoir” a su compañera de vida de los tres últimos años.


Los días y las semanas siguientes fueron muy duras para ella: tuvo que arrostrar gestiones, papeleos, visitas al notario, mantener largas charlas con Laura, la hija huérfana de su difunto esposo (que nunca la había aceptado bien como segunda madre), retomar las tareas de la casa, atender visitas...


Pero, aún sin ganas,  tenía que seguir.  A veces la vida nos obliga a pararnos, pero la vida continúa.






Estaba deshecha. Distraída, casi sin darse cuenta, se sentó en un banco, al pasar por el parque. Quieta, en silencio, descubrió el canto de los pájaros; detalle del que nunca se había dado cuenta, a pesar de que eran muchas las ocasiones en las que cruzaba aquel paseo para cortar camino. Miró a su alrededor y ahí estaban aquellas palmeras, los pinos, los naranjos, unas acacias; también divisó un gran olmo...

¡Cuánta belleza! ¡Qué bien está este regalo que me haces, Dios de la Vida! (pensó).


Luego se levantó dispuesta a proseguir su camino... Como tenía por costumbre, miró el lugar dónde había estado sentada, por ver si se dejaba algo. Y, entonces, descubrió una pintada que había en la piedra del banco: mediocridad.


Ya de pié, se volvió y, hablando consigo misma, dijo: “He estado sentada en el banco de la mediocridad.”  


 


Volvió a sentarse, y dijo, sin importarle que nadie la escuchara: “Estoy sentada en el banco de la mediocridad.”

¿Mediocridad? De alguna manera, sí... ¿es esto lo que yo quiero? (pensó, ya para sus adentros).

Desde lo más profundo de sí, le salía la rebeldía: “No, no y no” (dijo con ímpetu, como si estuviese discutiendo con alguien). Entonces, se levantó de nuevo,  con decisión y volviéndose, como acusando al banco, dijo:

 
“Escucha esto, aunque estés sordo y digas que eres de piedra, te pongo por testigo, este es mi propósito: no voy a conformarme, nunca, con ser una persona mediocre, sino exitosa.”

 

Claro que para eso (siguió pensando, mientras reiniciaba su andadura) lo primero que he de tener claro es: saber qué es lo que quiero, determinar que dirección he de tomar en mi vida, a partir de ahora...

Al llegar a la casa, Danielle tomó unos folios y, decidida a aclarar su situación,  se puso a anotar los que habían sido los sueños de su juventud; como haciendo un recorrido por su “mapa vital”. Así, escribió: “Hace años, yo soñaba con llegar a ser...; con conocer...; con lograr...; con alcanzar...”

 

Después de estar casi dos horas escribiendo sin parar, pues las palabras le surgían claras de la mente, se paró un momento y cogiendo el montón de papeles, dijo: “¿Y por qué tenía yo todo esto ya tan olvidado... y me estaba quedando tan conforme con mi visión mediocre de la vida?

La noche fue larga, en su cabeza no dejaban de bullir ideas, de sentir que había proyectos olvidados que podrían renovarse...
                              

Con ganas de andar y pensar, salió temprano. Anduvo un buen rato antes de entrar al mercado. De camino a casa, le llamó la atención un cartel pegado en el báculo de una farola que anunciaba un curso, organizado por una Asociación, sobre “Asertividad y capacidad de decidir acertadamente”.
 
Como la fecha le venía bien, sin pensarlo mucho, llamó y se inscribió.
 
El curso-taller le vino muy bien a Danielle, en el momento que estaba viviendo. Le hizo ver lo poco asertiva que estaba siendo en su vida, además de que le dieron algunas pistas para alcanzar el nivel ideal de persona asertiva.

 
Y..., claro, también le hizo pensar bastante sobre las cosas a las que tenía que renunciar (comodidades y seguridades) para salir de su actual “círculo de bienestar”.

Fue fundamental y muy enriquecedor un ejercicio sobre el que tuvo que trabajar, basado en “La historia de la vaca” (*): La historia del profesor que quiso demostrar a sus alumnos que lo contrario al éxito no es el fracaso, sino la mediocridad; y, para ello, se vio obligado a ir a visitar a una familia pobre, cuya vida giraba en torno a una vaca que tenían como única propiedad, y una vez allí degolló a la vaca. Así, se vieron impelidos a dejar todo lo que hacían (no hacían) y dedicarse a nuevas actividades que, a partir de ahí, buscando nuevas posibilidades de subsistencia, les llevarían a mejorar grandemente su calidad de vida.  

 
A partir de este trabajo, sobre todo personal, fue llegando a concusiones de cuántas eran las cosas (miedos, excusas, impedimentos materiales) que la inmovilizaban (atándola al pasado) y no la dejaban lanzarse a vivir sus sueños. Sueños que también fue definiendo y concretando. En realidad lo que a ella le gustaría, muy cercano a su sueño juvenil de ser misionera en África, pero que, en este momento de su vida en el que se encontraba, a punto de cumplir los 39 años, ya le parecía una idea descabellada..., era el de crear una ONG que centrara su actividad en el funcionamiento de una residencia para inmigrantes de bajos recursos. Era algo que ella, más de una vez, había pensado que sería necesario y a lo que su marido le decía: “bien, es una buena idea, pero ¿y eso quién lo paga?”

 
Ahora Danielle lo veía factible, pero además ¿por qué no? y... ¿miedo a qué, a quién?

 


Enseguida puso en venta las propiedades heredadas de su marido, también la finca que le dejó su abuela materna en el pueblo, que estaba arreglando precisamente cuando conoció a Marco y volvió a dejar abandonada. Y con el monto de todo esto, adquirió una casa de 5 plantas; que ahora estaba cerrada y deteriorándose, sirviendo de refugio y criadero de gatos,  pero que años atrás había sido un hotel.

 Con una pequeña reforma, aquello podía tomar forma.

 Lo tuvo claro y fue decidida. Enseguida se puso en contacto con una organización de Misioneros de África y con varias ONGs de voluntariado; a quienes les fue presentando su plan y donde fue consiguiendo personas generosas dispuestas a entregar unas horas.

 
En unos meses, tenía todo un equipo de voluntarias y voluntarios, de diversas edades y carreras o formación.

Empezó por dar clases de idiomas al personal voluntario: francés, inglés, portugués; todo pensando en la labor que posteriormente tendrían que desarrollar con el personal que luego irían acogiendo, mucho procedente de países africanos, dónde se hablan multitud de lenguas, pero en general quienes se arriesgan a emigrar conocen un segundo idioma además del materno. También les organizó unos talleres de habilidades sociales, con la ayuda de su amiga Rorro que tenía bastante experiencia en estos temas.

Con una parte del equipo, limpió, repelló, pintó... todo el edificio; desde el ático hasta el portal. Otros estuvieron restaurando muebles o comprando lo que se veía imprescindible para vivir allí dignamente, como colchones, sábanas, toallas, etc.

En la planta baja, mantuvo el restaurante y el bar, pensando en la posibilidad de dar comidas; cuando fuese posible y también como, quizá, en un futuro más o menos próximo, establecer un lugar abierto al público que pudiese ser fuente de financiación para mantener algunos puestos de trabajos. En la primera planta, habilitó unas cuantas salas para clases; en el resto, quedarían habitaciones como viviendas para acoger a la gente que lo fuese solicitando. Igualmente, en las otras plantas, más estancias.

 


Además de clases de idiomas, organizaría talleres de carpintería, arreglo de bicicletas;  cursos de peluquería, de geriatría, de cocina y servicio doméstico, también para dar masajes, etc. No pretendiendo dar una titulación, pero sí una capacitación para poder ejercer un oficio, siquiera como ayudantes.

Dejando el ático como espacio de desahogo, de lectura, meditación, sala de yoga, etc. tanto para el personal voluntario como para el inmigrante que estuviese ahí acogido.

Con la ayuda de algunos voluntarios, también lanzó una campaña de búsqueda y captación de personas que quisieran ayudar haciéndose socios-colaboradores, aportando una cuota; todo ello pensando en el mantenimiento de la casa a largo plazo de este proyecto que, si resultaba bien, podría tener bastante proyección en un futuro no muy lejano.

 


Y como la idea era bonita y bien pensada; y como en todas partes aparece gente generosa, dispuesta a echar una mano para mejorar este mundo... el Centro-Hogar de Acogida y Despegue de Migrantes, tuvo tanto éxito que recibió reconocimientos desde varios países de la Comunidad Europea y fue puesto como ejemplo en diversas convenciones y foros internacionales sobre el tema de la acogida e integración en los procesos  migratorios.

 
Danielle supo, y enseño a mucha gente, que para ser feliz: hay que saber lo que se quiere y ser fiel a los propios principios; además de romper con la mediocridad, aunque sea sacrificando ciertas aparentes seguridades. Y, todo esto, hacerlo con alegría.


 

 

Este relato forma parte del libro “DESDE EL ALFÉIZAR” que publiqué en 2010 y fue record de ventas en la Feria del Libro de Sevilla del pasado año.

 

(*) La leyenda urbana de “LA VACA” está acertadamente desarrolla por Camilo Cruz.

 



6 comentarios:

  1. Simplemente, me ha encantado. Es un claro ejemplo de cómo podemos mejorar nuestra forma de vida.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, M. Mar por tu reconocimiento positivo. Un abrazo, artista-maestra.

      Eliminar
  2. Todo un sueño hecho realidad. Preciosa historia.

    ResponderEliminar
  3. Siempre he pensado que el ser humano y cada vez más, consume el tiempo creyendo que está viviendo. Nos pasamos la vida corriendo, haciendo planes planes de futuro, un futuro que no existe, o bien estancados en el pasado, un pasado que ya es historia y que lo único que nos dejó fue su experiencia, y nos olvidamos y mucho de saborear el ahora. Siempre es un buen momento para empezar.
    Saludos amigo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy sabios pensamientos, Ardilla. Gracias,

      Eliminar
  4. El problema de muchas personas que planean sus metas, es que no se las creen y realmente no las desean, de lo contrario, lucharían por conseguirlas. No basta en escribirlas, hay que trabajarlas, desearlas apasionadamente.
    Un abrazo

    ResponderEliminar